Capítulo V
Ser humano: ser para la verdad







“Hágase en mí según tu palabra”
(Lc 1,38)






1. La cristología que se ha expuesto en el capítulo precedente asienta y orienta (no sólo metodológicamente, como hemos argumentado) las bases para el actual, y nos anima a seguir adelante en el desarrollo del Modelo hermenéutico en su aplicación a los cc. 748 § 1[1]; 809[2]; 811 § 2[3] y 820[4] del Libro III[5] del Código de Derecho Canónico (CIC). La experiencia humana, las ciencias y la filosofía, entre otras, serán ahora nuestras interlocutoras (cf. cap. II, pp. 147ss), de modo que en ellas y junto con ellas podamos evidenciar y resaltar convergencias y riquezas multiformes que sean susceptibles de correlacionar con algunas indicaciones antropológicas que se pueden descubrir inexhaustiblemente en la persona y obra de Jesucristo, y nos permitan testificarlas como propias y comunes de la condición humana, en la que, entre otras características, operan diversos condicionamientos y determinismos.

Porque si hemos confesado que “Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre”, y desde nuestra visión actual nos hemos acercado a los textos evangélicos y a los procesos de la Tradición viva para descubrir sus características “humanas” y de qué manera ellas se pusieron en actividad, mostrándonos en Cristo, además, a un ser humano pleno en su realización del querer de Dios, así mismo podemos ahora, en sentido inverso, juzgar de qué manera en él se evidenciaba ya, para todos y cada uno de los seres humanos, una peculiar concepción y manera de ser humano, y del sentido y del proyecto de vida que los conduzca, también, a su plenitud.



En Jesucristo se revela lo que está llamado a ser  ⇒  Todo ser humano


Esquema 33


a. Sin embargo, debido, quizás, a la premura y urgencia que nos quieren imponer la acción y la ganancia de capital, uno de los problemas más graves de nuestro tiempo, si no el mayor, consiste en la ausencia de conciencia, en la falta de profundidad y de prioridad que se concede a la pregunta acerca del ser humano – manifestada en las diversas formas de deshumanización de las personas, que conducen a disminuir el sentido de humanidad en los individuos y en las comunidades – y ello no obstante el desarrollo que han tenido las disciplinas relativas al hombre. La falta de conciencia sobre lo que el ser humano es verdaderamente, y sobre lo que está llamado a ser. Muchas veces, esta penuria se debe a que nos falta conocimiento, información suficiente y de calidad para suplirla, somos muy ignorantes acerca de nosotros mismos, dejamos muy poco espacio para plantearnos las preguntas realmente fundamentales. En otras ocasiones, puede suceder que tengamos la información, y que los espacios hayan sido amplios y propicios, por fortuna, para realizar nuestra propia indagación; pero, aun así, persiste en nosotros esa falta de conciencia, que se expresa en una inauténtica y cicatera acogida, en unas motivaciones que permanecen débiles, en una indiferencia que nos desborda.

Esta falta de conciencia se evidencia en el bajo empleo de los referentes antropológicos fundamentales en diversos ámbitos de la actividad humana, sean ellos económicos, políticos o ampliamente culturales (científicos, etc.). Lo ha recordado el Papa BENEDICTO XVI cuando, refiriéndose a estas áreas del obrar humano, resalta que ellas han alcanzado hoy una “autonomía” no sólo en relación con la influencia de lo religioso, sino que se ha llegado a plantear, al menos por algunos, que

“la autonomía de la esfera temporal (no) excluye una íntima armonía con las exigencias superiores y complejas que derivan de una visión integral del hombre y de su destino eterno”[6].

Más recientemente aún, afirmó que

“Hay hoy quien vive como si no debiese morir nunca o como si todo debiese acabar con la muerte; algunos se comportan sosteniendo que el hombre sea el artífice único de su propio destino, como si Dios no existiese, llegando alguna vez hasta negar que exista espacio para él en nuestro mundo. Los grandes éxitos de la técnica y de la ciencia, que han mejorado notablemente la condición de la humanidad, dejan, sin embargo, sin solución, las preguntas más profundas del espíritu humano. Sólo la apertura al misterio de Dios, que es amor, puede colmar la sed de verdad y de felicidad de nuestro corazón; sólo la perspectiva de eternidad puede dar valor auténtico a los acontecimientos históricos y, sobre todo, al misterio de la fragilidad humana, del sufrimiento y de la muerte”[7]

Así, pues, para el Santo Padre existe la necesidad de mantener una justa valoración de las realidades temporales y de la gestión de las mismas a partir de tener como punto de referencia perspectivas auténticamente humanas y divinas. Tendremos ocasión en las páginas siguientes de volver sobre algunos de los elementos indicados en tales ocasiones por el Papa. Porque, como decíamos en otra ocasión, se ha de tener en cuenta que

“Si bien es cierto que muchos elementos constitutivos del ser humano ya nos son conocidos mediante el uso de la razón, y que la antropología que presentaremos no admite un conocimiento directo o experimental sino de una inteligencia lograda a partir de la fe en Jesucristo, sí hallaremos aportes y ofertas específicas cristianas que repercuten en nuestra original concepción del hombre y señalan unos rasgos del todo peculiares de su obrar moral, particularmente en lo tocante a la respuesta que ha de dar el hombre a la constante e irresoluta experiencia de su propia contradicción. Contradicción que debe ser examinada bajo la doble perspectiva de la salvación humana obrada en Jesucristo, a saber, la perspectiva de la elevación del hombre por la gracia (el hombre, creatura "a imagen de Dios en Cristo") y la perspectiva de su reconciliación del pecado”[8].

De llegarse a este punto, se corroborarían dos hipótesis nuestras: por una parte, que no es imposible hacer que las diversas experiencias, artes y saberes, e inclusive las disciplinas científicas, permitan y contribuyan, a su modo, a plantear con buen juicio, las cuestiones relativas no sólo a la descripción del funcionamiento y de las patologías inherentes a las dimensiones corpórea, psíquica y/o socio-cultural de los seres humanos, sino, a ejercitar su adecuada participación en el descubrimiento, autocrítica y realización histórica de un sentido y de un proyecto de vida religioso que signifique la realización del verdadero bien humano, aún si esta “normalidad” está afectada por el pecado – “bene curris, sed extra viam” (S. Agustín) –[9]. Pero, por otra parte, quedará evidenciado que es posible llegar no sólo a tales hallazgos mediante el esfuerzo realizado legítimamente por las capacidades racionales humanas, sino que, efectivamente, la fe cristiana les ha abierto – siempre en el orden, sin embargo, de una propuesta e invitación a la libertad – a una total originalidad y novedad. De tales conclusiones que les servirán como de horizonte, serán consecuencia y expresión nuestras propuestas relativas al obrar moral y canónico, como propone nuestro Modelo hermenéutico[10].

Con todo, aún actuando con la aspiración más positiva y desprejuiciada y con un serio propósito interdisciplinario e intercultural, es posible que no se llegue a la plena compatibilidad en las posiciones y en las percepciones, y que éstas aparezcan, para algún observador, no solamente como contrarias y paradójicas, sino, aún, como contradictorias e incompatibles con las suyas:

“Obrando así no tenemos dudas de que surgirá la confrontación de ésta (la nuestra) con otras visiones antropológicas en las que se estimarán "insuficiencias" o en las que se evidenciarán algunos puntos "inconciliables" con los que deben ser considerados "elementos esenciales de la antropología cristiana"”[11].

Por eso, antes de avanzar en el proceso, debemos hacer unas advertencias:

b. Ante todo debemos referirnos a las posibilidades y a los límites que posee. En primer lugar, acerca de los que conciernen al aspecto teológico. No se trata de elaborar una teoría abstracta acerca del ser humano, sino de volver sobre diversas experiencias que se encuentran en la Revelación, especialmente, como se ha podido seguir en el capítulo anterior, en el Nuevo Testamento. Aquí encontramos, en su conjunto, toda una concepción particular del ser humano, proporcionado al ámbito cultural en el que se desarrolló. Pero, dado que lo que creemos que se revelaba en Jesucristo era el querer de Dios no sólo para él mismo, ni para un pueblo, el pueblo de Israel, ni aún siquiera para quienes creyeran en él, fueran de la nación que fueran, sino un proyecto humano realmente, en toda la extensión del término, y por lo mismo universal – tan típico de la propuesta cristiana[12] –, sus líneas esenciales deberán ser sumamente sobrias y generales, y no tan particularizadas y exactas que impedirían mostrar – y contradirían, incluso – la riqueza y complejidad de la condición humana y la mutabilidad de sus expresiones[13]. En efecto, la descripción de tales elementos no permiten el desarrollo de un proyecto unívoco o “estándar” (= uniforme[14]) de ser humano, ni ello es deseable, por supuesto; sino la configuración, como decimos, de un horizonte que permite su asunción plural en el mínimo de significados abiertos que lo componen, y que deberían, o al menos, podrían dar origen a nuevas búsquedas individuales, comunitarias, sociales y culturales, en el marco de una estructura global en la que se ubican y relacionan los elementos que la componen.

De otra parte, no se trata de un proyecto cuyo cumplimiento se ha de desarrollar por etapas sucesivas y como automáticas, como quien dice, que primero podrían acaecer los elementos aportados por las ciencias, los saberes, las experiencias humanas diversas, y luego, los elementos procedentes de la fe; ni viceversa. Tampoco se pretende elaborar un proyecto en el que se disgreguen, y luego, se agrupen sus distintos elementos pero cada uno de ellos se conserva en su compartimiento separado, sino, por el contrario, en el que cada uno de ellos tiene que ver con los demás, y a su vez, recibe de ellos su influjo propio, pues es todo el conjunto, con sus interrelaciones, el que ofrece una adecuada visión cristiana del hombre y de su proyecto.

c. Ahora bien, en nuestra indagación, sin desconocer los efectos desastrosos del pecado original en nuestra condición humana – dialécticas –, resaltaremos especialmente aquellos elementos que consideramos describen las capacidades[15] y la vocación radicales de todo ser humano con respecto a la búsqueda, conocimiento, abrazo y mantenimiento en la verdad, inclusive acerca de Dios y de su Iglesia, y al desarrollo de las mismas capacidades y vocación mediante su concreción antropológico-biológico-fisiológico-psicológico-epistemológica lo mismo que antropológico-sociológico-cultural, especialmente moral, jurídica y religiosa. Ellas nos servirán de base[16] para comprender mejor de qué manera se ha ido dando tal desarrollo individual, social y cultural que, históricamente, ha permitido y exigido la aparición de instituciones cuyo objetivo, desde su nacimiento, fue la investigación y la realización del saber y de la verdad, entre las cuales descuellan las Universidades de diverso tipo. Como se puede observar, los aspectos históricos, entre otros, deberían tener especial importancia en nuestra actividad, sin reducirse a ellos; pero, dados los límites que necesariamente se debe imponer a esta obra, muchísimas veces tendremos que dejarlos de lado.

d. De otra parte, se debe tener en cuenta la siguiente consideración: cuando se presentan, en los diversos campos de la actividad humana (sean ellos económicos, políticos, culturales), y especialmente cuando se refieren al saber (científico, técnico, social, humanístico), advertimos de qué manera “cada sastre alaba su aguja”. Ello, sin duda, posee su aspecto positivo, muy humano, por cierto. El gran peligro se presenta cuando se cae, en mi opinión modesta, y ello con enorme y cada día creciente facilidad, en las miradas descalificadoras del otro; y en cuanto a la materia misma se refiere, se trata de miradas “reductivas” o “reduccionistas” de la realidad humana – lo cual, pienso, es su mayor peligro –, que cierran la posibilidad de la esperanza, e incluso se convierten en falsas utopías que la desnaturalizan: a su corporeidad, p. ej., o a su sexualidad, o a su “libertad”, o al “mercado”, etc.[17] “Sin verdad, sin confianza y amor por lo verdadero, no hay conciencia y responsabilidad social, y la actuación social se deja a merced de intereses privados y de lógicas de poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, tanto más en una sociedad en vías de globalización, en momentos difíciles como los actuales” (CIV n. 5b). Tales actitudes, más o menos (in)conscientes, nos impiden, por lo tanto, obtener una “visión integral del ser humano”[18] – como escuché decir alguna vez: “Look at the big picture” (Rebecca Wahl) –. Ello no quiere decir que, precisamente, una de las principales características de los seres humanos, como es la diversidad y la riqueza de las culturas, con sus tradiciones, sus sociedades y sus territorios, no deba ser debidamente valorada – e, incluso, revalorizada –, si bien, como parte de procesos intelectuales y/o culturales, eso mismo no exija la constante búsqueda y contrastación – autenticidad y diálogo realizados en actitud profunda de respeto – entre universalidad y particularidad, que no tienen por qué, necesariamente, ser contradictorias.

Tal situación acontece – o puede acontecer – también, por supuesto, y quizás con mayor razón, cuando se aboca el amplio campo de la “Bioética”, considerada tanto en el significado “médico” del término, como en una significación “ampliamente biológica” del mismo, en donde concurren múltiples aproximaciones, enfoques y tendencias, fundadas en cosmovisiones religiosas o no, tremendamente pluralistas, y en tradiciones filosóficas y éticas.

¿No es nueva, acaso, esta posición “dialogal” y, al mismo tiempo, “crítica” de los cristianos? No, si consideramos su bimilenaria tradición, que, recapacitada bien, se remonta, incluso, a los tiempos del pueblo de Israel, como se ha observado en varios momentos en esta investigación. Porque quienes conforman la Iglesia, como señaló en la Const. Pastoral GS el Concilio Vaticano II – Primera parte, y, en particular su cap. III –, de ningún modo pueden olvidar que son y siguen siendo seres humanos, pero tampoco que poseen una especificidad propia, exclusiva, original y única, que es teologal. A partir de esta condición ha procurado y sigue procurando prestar una ayuda “a cada hombre y mujer”[19], al conjunto “de la sociedad”[20] y al “dinamismo humano”[21], al tiempo que reconoce con franqueza y apertura cuánto ella ha recibido y sigue recibiendo – “los muchos beneficios” – de las mujeres y hombres, de las culturas, de cada época y nación, así ellas y ellos no se consideraran a sí mismos – o de hecho no lo fueran –, cristianos[22]. Porque, como ella afirma, en todo

“es propio de todo el Pueblo de Dios, pero especialmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada”[23].


En este “caldo de cultivo” muchas veces la pregunta es, por supuesto, si es posible avanzar hacia “la verdad”, y que de tal pluralismo se pueda lograr un acercamiento, o, por el contrario, que se llegue a un confusionismo[24] o a un sincretismo mayor. Más aún, hay quienes aseguran que no sólo “no existe la verdad”, sino que es inoficioso atreverse a hacer esa pregunta, y real pérdida de tiempo dedicarse a responderla…

La interrogación, que ojalá lograra inquietar, se debe hacer también – y se la debe hacer honradamente, como en efecto nos la hemos hecho – a la Teología, así como al Derecho canónico: como se ha dicho, ¿acaso una Teología, y un Derecho canónico avanzan suficientemente, cuando se repliegan en los logros ciertos de la Escolástica, o en sus convicciones doctrinales más que metodológicas[25], logrando establecer las condiciones adecuadas para un diálogo con las ciencias y con el mundo actual? Pero, de otra parte, ¿acaso se puede prescindir de la historia y de la tradición viva de la fe?

2. Para intentar responder a estas cuestiones procederemos de la misma manera como hemos procedido en el capítulo anterior, cristológico: tratando de hacer en forma permanente no simplemente un enunciado de temas, de textos y de autoridades, sino, por el contrario, intentando interpretarlos y descubrir en todo los “signos de los tiempos”, la “teología de la Biblia” acerca de Dios y del querer de Dios sobre los seres humanos, que ha sido revelado en Jesucristo, insistiendo en aquellos aspectos que, según nuestra experiencia y los conocimientos que hemos[26] ido alcanzando sobre el ser humano, también le corresponden genuinamente a Jesucristo en razón de ser él “verdadero hombre” y “verdadero Dios”.



Nuestro conocimiento verdadero del ser humano redunda en   ⇒   
Un mejor conocimiento de Jesucristo


Esquema 34


De nuevo hay que afirmar que esta manera de proceder es necesaria también en el presente capítulo, pues, ayudados de este “conocimiento previo”, nos obligaremos a mantener esa visión “integral” del ser humano: indispensable criterio – criterio, a mi juicio, “de revelación” – que se expresa en la persona y la obra de Jesús de Nazaret, el Verbo encarnado, el Hijo de Dios y Plenitud del cosmos y de la historia. Criterio que nos puede ayudar a salir adelante, como un aporte realmente positivo y efectivo, del “empantanamiento” que se pudiera llegar a concluir sin él.

En medio de las múltiples, y a veces contradictorias, propuestas de examen metódico y crítico de la compleja realidad, incluso humana, que se entreveran con las distintas – y aún antagónicas – visiones de la misma, podría surgir la desesperanza de la inminente desintegración de la sociedad humana y de la destrucción o involución completa de su cultura. Y, “sin esperanza, la vida se volvería insoportable” (Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28 junio 2003, n. 10a). Por el contrario, nosotros queremos afrontar la pregunta por el “sentido no sólo individual sino comunitario[27] de la vida, del cosmos y de la historia”, sobre todo cuando esta se debe elaborar en medio del sufrimiento, del mal y del dolor, pero cuya implementación exige la creación de “espacios que generan auténticos seres humanos”.

Por supuesto, no creemos que se trate de encontrar una “piedra filosofal”, ni de descubrir un “pase mágico[28]”, que arreglarían todas las dificultades e incertidumbres “como por encanto”, sin esfuerzo, milagrosamente, de un momento a otro, y con la aquiescencia universal. Pero sí trabajamos por provocar e inducir una articulación que invite a una autocrítica razonable.

Las Religiones, pero en particular la Teología cristiana[29] – y el Derecho canónico, desde su especificidad como experiencia desde la fe en el seno de la comunidad creyente católica –, si se lo quisiera aceptar, aspiran a contribuir a esta articulación desde su “experiencia creyente” acerca de lo humano considerado integralmente. Este compromiso toca en gran medida – desde su misma base y con urgencia – a las intervenciones del ser humano sobre el medio ambiente, pero también a las intervenciones del ser humano sobre sí mismo. Porque ha de observarse que se trata de obrar no sólo de acuerdo con las exigencias – no meramente coyunturales de (la gravedad del) momento – del pensar científico (contemporáneo), que urge abandonar puntos de vista únicos y parciales, sobre todo cuando se pretende tratar acerca de lo humano y de las relaciones múltiples de los seres humanos con su entorno – ciencias naturales –, consigo mismos y con los otros-como-él – ciencias sociales y humanas –, con Dios que sale a nuestro encuentro – teología –.  No. Como hemos detectado, por razones estrictamente cristológicas (cf. cap. 4°, concl.2.b., 714ss) debemos y queremos establecer un diálogo “interdisciplinario” (cf. cap. 2°, 1.a., p. 91ss; 1.b., p. 102ss; 2.b, p. 137ss)[30], a lo largo de este capítulo, y ello se efectuará especialmente mediante los “correlatos antropológicos”.

Así, pues, en cada una de sus cuatro secciones (encarnación, kénosis, resurrección y recapitulación) nos conduciremos procurando extender los hallazgos de la cristología a la antropología, y refiriéndolos a los conocimientos científicos serios aunque perfectibles acerca del ser humano, a las reflexiones filosóficas, a las vivencias experienciales humanas. Esto, en razón de que, como hemos afirmado al recuperar y comprobar la Tradición de la fe, Jesucristo es el “Primogénito de la creación, en quien fueron creadas todas las cosas” (Col 1,15s) y el “Hombre perfecto”, en sintética expresión del Concilio Vaticano II (GS 45b): “en Él se revela el Hombre al hombre”: lo que ahora es, pero, sobre todo, lo que está llamado a ser. De esta manera las motivaciones antropológicas están llamadas a sostener la visión del hombre y la doctrina moral consecuente con ella, y que propone la Iglesia como respuesta que el hombre ha ido dando y debe seguir dando a la llamada divina en el proceso de su crecimiento en el amor. En cada momento, trataremos de expresar los puentes que los “correlatos” permiten hacer con los datos aportados por las ciencias y por los saberes, en su referencia al mismo ser humano, en sus características individuales y en sus procesos sociales y culturales, mediante los cuales, creemos, Dios mismo va construyendo la historia y divinizando a sus participantes[i].

Establecer los correlatos antropológicos de la encarnación nos conducirá, por tanto, a interrogarnos por la “persona humana” y por su “dignidad” y la evolución del dogma cristológico en relación y dependencia de las precisiones antropológicas. Los avances en los descubrimientos de las ciencias en relación con los procesos de hominización y de humanización, así como la conciencia que paulatinamente han desarrollado la historia, la sociedad y las culturas de los pueblos, nos permiten acentuar y connotar de modo particular la dimensión corporal y la dimensión moral de los seres humanos, como otras tantas expresiones vocacionales, a la luz de ese misterio de Cristo. A ello dedicaremos la primera sección del presente capítulo.

Los límites[30 bis] y las necesidades humanas que nuestra autoconciencia nos permite constatar, en algunos casos precedida, acompañada y secundada por las ciencias, se entreveran con los dinamismos virtuosos morales – que también puede descubrir nuestra autoconciencia – y, ofrecidos todos ellos al ejercicio de nuestra libertad, no se oculta que, en el nivel moral, se establece una verdadera dialéctica entre pecado y gracia, para cuya solución cada cual no está solo, ya que, en razón de la kénosis del Verbo y de su acción soteriológica, cada persona humana ha sido reconciliada con Dios, con los demás y con la naturaleza, y capacitada por su Espíritu . Este será el asunto a tratar en la segunda sección.

La realización humana en plenitud, totalmente transformado según el querer y poder de Dios, posee ya un prototipo en Jesucristo resucitado. Pero esta dimensión a la que está llamado cada ser humano lo compromete más con su realidad mundana presente y, muy especialmente, con los avances en humanización-divinización en los que debe participar mediante el ejercicio de las diversas sensibilidades artísticas así como de las múltiples actividades disciplinares. A interiorizar y a realizar esta correlación nos reclama la resurrección, tema de la tercera sección.

La perspectiva que aporta la recapitulación de todas las cosas en Cristo al proyecto humano-divino acentúa una vez más, desde la esperanza de su realización total y universal, las dimensiones no sólo de la fragilidad y debilidad de nuestra realidad presente sino de nuestro enraizamiento en el cosmos y de la unidad de nuestro destino con él. Será este el contenido al que dedicaremos nuestra cuarta y última sección de este capítulo.

Que esta manera de proceder sea adecuada y razonable se desprende no sólo, sin embargo, de las anteriores consideraciones. En efecto, debiendo tener siempre presente que son interlocutores nuestros privilegiados los jóvenes universitarios, sus docentes, los egresados y el personal administrativo, por eso se impone referir dicho modo de proceder al contexto de las Universidades católicas, y más en particular de las jesuíticas, como señalaba Gustavo BAENA, S. J.:

“[…] La Compañía de Jesús tiene muy claro que en la Universidad el objetivo de todas las ciencias es el hombre, y en consecuencia, lo que pretende es comunicar y transformar valores, puesto que los valores tienen como punto de partida y a su vez como punto de referencia una imagen ideal de persona humana.
[…] Esa persona ideal es la que se revela en el misterio de la Encarnación, manifestada en plenitud en la persona de Jesús de Nazaret. En esa misma revelación hemos podido descubrir la antropología en su realidad total. Por eso, Jesús no es un caso fuera de serie, sino el tipo de la serie humana al cual está llamado a ser todo hombre.
Es evidente que aquí no se trata de una antropología en cuanto teoría abstracta, sino de la autenticidad del hombre aconteciendo en su totalidad, para decir a todo hombre lo que él es, el acontecer de Dios en lo humano, o la humanización de Dios en todo hombre.
Es oportuno recordar: «La diferencia entre una universidad católica y otra que no lo es consiste en el hecho de que en aquella la enseñanza y la investigación no son ni siquiera concebibles sin esta coherencia de los saberes en la realidad misma del hombre, sus valores y su sociedad. Ser universitario de una universidad católica es una tarea a realizar como profesor e investigador, como estudiante y directivo, insertando la particularidad propia de cada uno en el universal a crear» (Peter-Hans KOLVENBACH: UD 20)”[ii].  



I.             Encarnación y antropología cristiana: el proyecto de Dios para los seres humanos, sus hijos y hermanos entre sí, en corporeidad, dignidad, razonabilidad, mediación, igualdad, comunicación y comunión.



1.    La “persona humana” y su “dignidad”: corolarios primigenios, no sólo temáticos, de la encarnación.


1. Si miramos a lo que actualmente el ser humano es, hay que comenzar afirmando que nuestra época se ha caracterizado por su referencia constante a la “persona” humana, y a su “dignidad”, y con justa razón. Con todo, también hay que decirlo, a esta cuestión no sólo se le han propuesto “reenfoques” sino verdaderas barreras. En el caso de lo segundo, es menester recordar los debates sobre la cuestión medioambiental, que, en diversos escenarios, han llegado a plantear la disyuntiva “o el ser humano, o la naturaleza”[31].

En el caso de lo primero, el tanteo se ha producido, p. ej., por parte de algunos filósofos contemporáneos quienes han planteado un giro (véase la nt. 1119, p. 450) al tratar la cuestión “antropológica” en su amplitud: desde aquellos que, entre otros, determinaron la primera mitad del siglo XX (Martín BUBER – 1878-1965 –[32], Emmanuel MOUNIER – 1905-1950 –[33], Maurice NÉDONCELLE – 1905-1976 –[34]) hasta quienes han caracterizado la segunda mitad del mismo siglo, y los comienzos del presente (p. e. Emmanuel LÉVINAS – 1905-1995 –[35] y Xavier ZUBIRI – 1898-1983 –[36]).

También en el ámbito de la teología diversos escritores se hicieron, y se hacen, eco de esta situación. Citemos, entre los más conspicuos y paradigmáticos, p. e., a Karl RAHNER S. J. (1904-1984)[37], hace casi medio siglo, por la época del Concilio; pero, de igual modo, han tomado este asunto como centro de sus preocupaciones el Magisterio mismo, p. e., en el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno “Gaudium et Spes”, dentro de la cual dedica toda la primera parte, y en especial su capítulo primero; y, posteriormente, el propio Papa JUAN PABLO II[iii]. En los últimos años, unos y otros, de igual modo[iv].

Resumidamente, podríamos afirmar que el problema sobre “el hombre” se ha redimensionado al hacerse un mayor énfasis sobre su característica de “persona” comprendida más como “conciencia de sí”, como ya la había expuesto en su origen G. W. F. HEGEL (1770-1831). Así, para estos autores, la persona se define básicamente por sus relaciones con los demás. Al interior de la cristología ello tiene unas consecuencias fundamentales al tratar de comprender de qué manera Jesús, como ser humano, y, por lo tanto, como “persona”, lo era. Porque el concepto de “persona”, como veremos enseguida, estaba tradicionalmente unido al de “naturaleza”: de esta manera, habría que llegar a la afirmación de que ¡Jesús poseía dos conciencias!

2. Para comprender mejor este asunto es necesario ascender hasta sus fuentes y hacer un poco de historia del pensamiento. No podemos olvidar que cuando hablamos hoy en día de “derechos humanos”, p. ej., ellos serían incomprensibles sin la noción de “persona humana”. Así, pues, el asunto nos remite a sus orígenes, y estos, a su vez, nos ponen en relación con Jesucristo.

En efecto, como vimos oportunamente, la resurrección de Jesús confirma y eleva a su glorificación la naturaleza encarnada del Hijo de Dios. En su totalidad e integralidad. Él es, como hemos seguido atentamente en su evolución bíblico-teológico-magisterial, “verdadero hombre” y “verdadero Dios”, conforme lo expresó mediante una “fórmula” el Concilio de Calcedonia (a. 451). Es decir, es poseedor tanto de una auténtica humanidad como de la auténtica divinidad en una unidad verdadera. De esta manera, la encarnación-kénosis-resurrección del Hijo de Dios e Hijo del Hombre, glorificado a la diestra del Padre, nos plantea, por un lado, el problema cristológico de la “mediación”; pero, así mismo, por el otro, el problema “antropológico” de la “persona”. ¿En qué consiste esta mediación de Jesucristo? ¿Qué es, pues, la “persona” a esta luz?

a.    Jesucristo, mediador entre Dios y el hombre: consecuencias de la reflexión teológica en la noción de “persona”.

1)    El NT y la “mediación” única de Jesucristo

3. Los primeros cristianos, como hemos visto en el capítulo anterior, afirmaron la humanidad de Jesús, pero, de igual modo, su divinidad. Con todo, en sus escritos no aparece que se hubieran puesto con todo el rigor la pregunta por cómo se produce la “unidad verdadera” del Dios hecho hombre. Para ellos la pregunta, como siempre, miraba al realismo de la salvación humana, y desde ella se hicieron la pregunta sobre el Mediador.

Ya hemos tenido ocasión de observar en la sección narrativa de la cristología (cf. Lc 20,1-8; cf. supra, cap. cuarto, 1.b.7, p. 414; 1.c.4, p. 431; etc.) que incluso los contemporáneos descubrían en la manera de hablar de Jesús una “autoridad” que, en determinados asuntos, obraba “como si fuera Dios”: “pero Yo os digo”. De la misma manera, con Juan considerábamos – aunque no exclusivamente con él – que Jesús se presentaba como quien proporciona la Revelación total y profunda de Dios y de su intimidad misma. Pero también en Él el Padre manifiesta todo su amor al hombre. Así, estos dos aspectos expresan su referencia a una misma y única realidad, la del Verbo encarnado. Y se ostentan en toda la radicalidad de su afirmación en la kénosis pascual, cuando el Padre acepta la entrega de su Hijo y éste llega a la máxima experiencia de humanidad.

En este contexto pascual encontramos de una forma definitiva la identidad entre el Crucificado y el Resucitado:

“El Señor está continuamente en camino hacia la cruz, hacia la humillación del siervo de Dios que sufre y muere, pero al mismo tiempo siempre está también en camino hacia la amplitud del mundo, en la que él nos precede como Resucitado, para que en el mundo resplandezca la luz de su palabra y la presencia de su amor; está en camino para que mediante él, Cristo crucificado y resucitado, llegue al mundo Dios mismo” (Benedicto XVI)[38].

Pero también en los diversos “títulos” cristológicos se reconoce, como de igual modo hemos visto, la afirmación de la fe: que “Jesús” es él mismo el “Cristo”, el “Señor”, el “Hijo de Dios” y el “Hijo del hombre”.

Esta comprensión de Jesús, como el “Señor” y el “Cristo” se encuentra ampliamente en el NT. San Pablo, p. e., subrayaba esa identidad en el texto citado (Flp 2,6-11) cuando afirmó que en el mismo sujeto se hacían presentes dos modos de ser: su “condición divina” y su “condición de siervo”: el mismo que estaba en Dios se hizo hombre. Luego, en su carta a los Romanos (1,3s) el proceso que expone se efectúa a la inversa: quien era σάρξ pasa a ser πνέυμα por la resurrección. Y, en el mismo sentido pueden considerarse textos como Ga 4,4 y Rm 9,3: el enviado del Padre es el que nace de mujer y el mismo que “recibe carne de pecado”.

Esos mismos textos, reiteramos una vez más, tienen una preocupación clara y eminentemente soteriológica: se trata de un real “intercambio”, de un “comercio admirable” (“admirabile commercium”[39]), como ha afirmado la Tradición: Dios que se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios (cf. 2 Co 8,9). Lo mismo ratifica 1 Tm 3,16. Y también san Pedro, en su primera carta, quien se refiere a esos dos “estados” de Cristo y a este “intercambio” cuando señala que “el Justo murió por los injustos” (1ª, 3,18). Por su parte, el famoso discurso de Jesús sobre “el pan de vida”, que encontramos en Jn 6,22-59, tiene este mismo argumento como su tema principal: lo que uno come, se hace uno con el que lo come, y uno se convierte en lo que se come: lo mismo ocurre con la divinidad de Jesús por parte de quien come su carne y bebe su sangre. Y así todo el NT.

2)    El desarrollo, profundización y concreción en la Tradición

4. Pero, sin duda, fue a lo largo de la reflexión de la fe cristiana sobre estos contenidos básicos, a lo largo de los siglos, como se fue decantando y delimitando mejor la respuesta a esa pregunta sobre cómo se produce la “unidad verdadera” del Dios hecho hombre.

S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA (c. a. 30 – c. a. 107), quien fuera discípulo de san Pablo y de san Juan y mártir de Trajano, por primera vez, basándose en la Escritura, afirmó no ya un “paso” de Cristo de la σάρξ a ser πνέυμα (Rm 1,3s), sino que Jesús era, al mismo tiempo σάρξ y πνέυμα. Y explicaba que, de no ser así, tendrían razón los “adopcionistas”, es decir, aquellos que afirmaban que Cristo era “hijo adoptivo de Dios”, pues, por la “carne” había sido un “hombre bendito”, pero por la resurrección había llegado a ser “su Hijo”. El texto de este Padre de la Iglesia es el siguiente:

“Porque hay algunos que acostumbran, con perverso engaño, llevar por doquiera el Nombre, cometiendo luego otras cosas indignas de Dios. Es preciso que huyáis de tales gentes como de fieras salvajes. Son, efectivamente, perros rabiosos que muerden a escondidas. ¡Alerta con ellos, pues sufren una enfermedad muy difícil de curar!
“Un médico hay, sin embargo, que es carnal a par que espiritual, engendrado y no engendrado, en la carne hecho Dios, hijo de María e hijo de Dios, primero pasible y luego impasible, Jesucristo nuestro Señor”[40].

Como se ve, aquí empieza una nueva orientación teológica, al señalar que en Jesús el Λόγος y la σάρξ debían comprenderse no como dos niveles, o estados, o estadios de su ser, sino las dos dimensiones, humana y divina, de un mismo “sujeto”. Y así, el texto bíblico que mejor expresa esta realidad, es el ya conocido de Jn 1,14: “el Λόγος se hizo σάρξ”. En esta oración, el sujeto es “el Λόγος”, de quien se afirma que desde toda la eternidad estaba con el Padre, y que ahora asumió y habitó la σάρξ, es decir, la condición humana de pecado: eso quiere decir “se hizo hombre”. No se trataba, pues de una sencilla metamorfosis, ni aún siquiera de la fusión de dos realidades, el mal y el bien, p. ej., de la que surgiera un nuevo, un tercer elemento. Los textos de Juan, por otra parte, en su conjunto, afirman que el Λόγος queda en el sujeto: “hemos tocado al Λόγος de la vida” (1 Jn 1,1f): el Λόγος es quien permanece.

 5. La cuestión, por entonces, no quedó zanjada. El asunto, para estas primeras generaciones cristianas, era extremadamente complejo, y especialmente si pretendían hacer un razonamiento de su fe con las categorías filosóficas vigentes. Era totalmente novedoso que se quisiera – y debiera – distinguir entre la naturaleza humana individual y la “persona humana” que tiene o porta esa naturaleza. Para el uso corriente, eran lo mismo. No había palabras diferentes porque no existían conceptos diferentes[41]. Así, sobrevinieron varias herejías más: la del “docetismo”[42], que negaba la dimensión humana de Jesús; la del “modalismo”[43], que afirmaba que era el Padre quien se había hecho Hijo; y la del “nestorianismo”[44], para responder a la cual se reunió el Concilio de Éfeso (a. 431[45]). Este Concilio afirmó que a María se la puede denominar con verdad “Madre de Dios” (gr. = Θεοτοκος), con lo cual se daba relieve a la unidad humano-divina del Λόγος; y, además, que es legítima la adoración que se rinde a la humanidad de Jesús, pues ésta no existe separada sino “informada” por el Λόγος.

6. Posteriormente, el Concilio de Calcedonia (a. 451) ratificó:

“Reconocemos a un único y mismo Cristo quien tiene dos naturalezas (δύο φύσεσιν) sin confusión, sin cambio, división o separación. Por el hecho de la unión no desparece la distinción de las naturalezas: al contrario, la especificidad de cada naturaleza se ve salvaguardada por el hecho de que ambas se unen en una sola persona (και εις έν πρόσωπον), en una única hipóstasis (και μίαν υπόστασιν ).[46]

El Concilio, en cuanto tal rechazaba la opinión monofisita que afirmaba que antes que la unión de las naturalezas y que la encarnación, se operaba una simbiosis. La declaración enseña que no existe mezcla. Emplea una fórmula que si bien, como se observa, no es bíblica en el significado estricto de las palabras, y opta por una expresión abstracta y especulativa, le es útil para explicar el contenido de la Escritura, sin ir más allá de ella, es decir, permaneciendo en lo que ella enseña. De esa manera, los padres conciliares querían salvaguardar la unidad de las dos naturalezas, y la doble naturaleza en su unidad. Y la consecuencia antropológica de la encarnación se hace, así, evidente:

“No existe, pues, ninguna discrepancia entre la naturaleza humana y la naturaleza divina de Cristo: Lo que Dios quiere decir sobre sí está expresado de manera total y exacta en este lenguaje humano. Consummatum est. No es algo inabarcable y sin riberas: ha llegado a su meta. Homo capax Dei[47].

Dos siglos después, el III Concilio de Constantinopla (a. 680-681; se lo llama también “Trullano” por la ciudad en que se reunió bajo la protección del emperador Constantino IV) de nuevo volvió sobre la cuestión, si bien para rechazar las doctrinas del monoteletismo (DS 550-552) y del monoenergismo (DS 553-559).

Tal situación fue, pues, predominantemente Oriental.

7. Ahora bien, el concepto “persona” (= lat.) traducía originalmente el término griego πρόσωπον[48] y significaba la máscara que empleaba el actor en las obras de teatro, y que luego llegó a significar el carácter o el personaje que él representaba. Con el tiempo, en latín perdió en el lenguaje común ese significado, mientras llegó a tener y a consolidar una significación general para denominar a un “individuo”, sobre todo a partir del momento en que Anicio Manlio Torquato BOECIO (Roma, c. a. 480 – 524) expuso su “definición” de “persona” como “la sustancia que es racional e incomunicable” [49].

Otros aportes de importancia en este desarrollo dieron Leoncio DE BIZANZIO (475 – 543)[50] y Ricardo DE SAN VÍCTOR (?-1173)[51]. Afirmaba Leoncio que la persona es el ser-en-sí, la que saca su consistencia de ella misma. Por su parte, Ricardo se opuso a Boecio argumentando que, por el contrario, la persona no es “sub-sistencia” cuanto “ex-sistencia”, es decir, que una “persona” no lo es tanto por su carácter sustancial cuanto por su relacionabilidad y por su capacidad “para-salir-de-sí-hacia-otro”.

Así las cosas, en Occidente apareció, más bien, otra tendencia, que representó Pedro LOMBARDO (1095 – 1160): la del “homo assumptus”, mediante la cual se afirmaba que el Λόγος había asumido a un “hombre completo”, es decir, no sólo la naturaleza humana sino a toda una persona. Si bien no existe un pronunciamiento oficial sobre esa doctrina, pacíficamente se sostiene la enseñanza de s. Tomás DE AQUINO (1224-1274) quien la controvirtió al demostrar que la “persona es el principio de subsistencia[52]”, es decir, el principio que hace que un ser humano exista; y como no se pueden tener dos principios de subsistencia, en consecuencia en Cristo no existe sino una única persona que hace suya tanto la naturaleza divina como la humana.

De igual modo, sostuvo el Aquinate[53] que no puede comprenderse la “persona” sólo como la había considerado Boecio, pero tampoco sólo como la había considerado Ricardo, sino simultáneamente bajo una y otra realidad, es decir, bajo el aspecto de la “subsistencia”, que da origen a la individualidad, pero también bajo el de la “existencia”, que hace explícita la dimensión de la relacionalidad. De esta manera, la “persona” es un modo de subsistir en una naturaleza racional-social, o, si preferimos decirlo en categorías contemporáneas, la “persona” es la que permite afirmar que “este hombre es éste y no otro hombre”, el “yo” que da el “subsístere” a la “naturaleza”.

8. Tenemos, entonces, que “persona” se empleaba en paralelo con “hypóstasis”. Para Oriente la expresión significa “unidad sustancial”, sólida, concreta. ¡Casi lo opuesto a “persona”! Era, más bien, la ουσία (“sustancia”: sub-stantia = lat.), y la φύσις (“naturaleza”: natura = lat.). Pero el contacto, como hemos observado, entre latinos y orientales, llegó a producir esa identificación, distanciándose, como hemos explicado al exponer el pensamiento del Aquinate, tanto de ουσία como de φύσις. A pesar del cambio de sentido, quedó en la tradición teológica el concepto “persona” con un carácter más relativo en las relaciones, en comparación con “hypóstasis” que subraya más el carácter sustancial.

En el caso de Jesucristo, el Λόγος es el “yo” ontológico que posee dos naturalezas, la humana y la divina. A partir de este hecho se da una “communicatio idiomatum” (= comunicación de idiomas o de lenguajes) o intercambio de las características, que mutuamente se pertenecen por ser asumidas por la única persona[54]. De esta manera, Cristo es un hombre que personalmente es Dios. Oírlo a él es oír a Dios mismo, cuando este hombre ama, es Dios mismo quien ama, y cuando se lo ama, se ama a Dios. Cristo, Palabra de Dios en la existencia, es una realidad de Dios que se nos hace presente.

De esta manera, la pregunta acerca de la “persona” de Jesús queda abierta a nuestra situación actual, pues la elaboración de la Escolástica nos deja a las puertas de una serie de nuevos interrogantes en los que la historia humana pueda ser inquietada por la vida y por el destino de Jesús de Nazaret, el Cristo: un “sujeto” que se relaciona con el Padre, cuya “conciencia” es siempre la de un ser-referido – en-referencia-a Dios –, que pone al hombre en relación con Dios como Padre.

3)    La pregunta por la “persona” a la luz de Jesucristo en el momento actual.

9. De esta manera, pues, podemos considerar el principio de proporcionalidad: mientras mayor es la unión de la persona humana con Dios tanto más grande es la persona en su especificidad. El hombre nada pierde en su unión con Dios, sino que se plenifica. La unión hipostática le sirve de referencia, si bien ella sólo fue posible en Cristo, en quien la humanidad ha llegado a su plenitud: por su unión con el Padre, por su libertad y por su impecabilidad, y, finalmente, por su amor.

10. La propia experiencia humana, sin embargo, nos pone frente a la situación contradictoria de que, aspirando a una existencia con sentido y feliz, abrigando los hombres y mujeres unas profundas ansias de trascendencia de nosotros mismos, de establecimiento de una comunidad perfecta y de ejercicio de una libertad sin mengua, ellas no tienen una acabada realización en el presente: nos hace tomar conciencia de las contradicciones que experimenta nuestra sociedad cada día más globalizada, que nos acerca unos a otros, sí, y que es capaz de aceptar racionalmente la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero que no consigue fundar la hermandad ni hacernos más hermanos. Y es que sólo es superable esta contradicción y se logra hacer que se reviertan los procesos económicos, sociales y culturales que impiden una plena humanización a condición de que los seres humanos descubramos y vivamos nuestra condición propia de “hijos” de Dios, y, por lo tanto, de “hermanos” unos de otros. Dios se anticipa a responder así a una pregunta que es, entonces, segunda, en relación con los constitutivos humanos y a la vocación a la socialidad y a la comunión, caracterizadas históricamente por la presencia del pecado. Este efecto de la encarnación redentora del Hijo[55], que hizo de la entrega de sí mismo la experiencia cotidiana y permanente de su vida, se ha convertido en la promesa y en la posibilidad real e irrefutable de que esa meta se alcanzará a plenitud. El Papa JUAN PABLO II, considerando algunas tendencias de la sociedad actual, así lo decía:

“A este fundamento insustituible de la concepción cristiana del hombre, me he referido en particular en mi Mensaje de Navidad: «Navidad es la gesta del hombre... El hombre, objeto de cálculo, considerado bajo la categoría de la cantidad... y al mismo tiempo, uno, único e irrepetible... alguien eternamente ideado y eternamente elegido: alguien llamado y denominado por su nombre».
“Frente a otros tantos humanismos, frecuentemente cerrados en una visión del hombre estrictamente económica, biológica o síquica, la Iglesia tiene el derecho y el deber de proclamar la Verdad sobre el hombre, que ella recibió de su maestro Jesucristo. Es posible distinguir dos líneas de fondo en la actual cultura secularizada, entre sí claramente interdependientes, que mueven en dirección contraria al anuncio cristiano y que no pueden no tener una incidencia sobre aquellos que están madurando sus propias orientaciones y elecciones de vida. Una de ellas es aquel agnosticismo que brota de la reducción de la inteligencia humana a simple razón calculadora y funcional y que tiende a asfixiar el sentido religioso inscrito en lo profundo de nuestra naturaleza. La otra es aquel proceso de relativización y desarraigo que corroe los vínculos más sagrados y los afectos más dignos del hombre, con el resultado de hacer frágiles a las personas, precarias e inestables nuestras relaciones recíprocas”[56].

Joseph RATZINGER, por su parte, en reciente obra teológica busca las fuentes mismas de esta realidad humana profunda, al insistir en que el efecto primordial de la encarnación del Verbo es ontológico, ha sido comunicarnos su “propio”, el ser “Hijo”:

“Cada hombre, individualmente y por sí mismo, es querido por Dios. Él conoce a cada uno. En este sentido, en virtud de la creación, el ser humano es ya de un modo especial «hijo» de Dios… Pero, sobre todo, Jesús es «el Hijo» en sentido propio, es de la misma sustancia del Padre. Nos quiere acoger a todos en su ser hombre y, de este modo, en su ser Hijo, en la total pertenencia a Dios. Así, la filiación se convierte en un concepto dinámico: todavía no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús. La palabra Padre aplicada a Dios comporta un llamamiento para nosotros: a vivir como «hijo» e «hija» de Dios”[57].

11. De otra parte, la muerte de Jesús no es una simple realidad “mítica” como tampoco puede reducirse a un momento culminante explicativo de nuestro estado de cosas. A veces se llega a pensar que cuando se habla desde la Revelación y de la fe sobre el “pecado del mundo” y sobre “las tinieblas del corazón” ése se está refiriendo al caso de algún malvado que vive escondido en la profundidad de una jungla, o, acaso, al de una nación o al de una sociedad que lo ha producido. No. La muerte de Jesús, “por nosotros y por nuestra salvación”, implica, nos llama al cambio personal, por cuanto en cada uno de nosotros ese pecado, esas tinieblas, en distinta medida ciertamente, se encuentan en cada uno de nosotros[58]. En nuestra actual situación histórica de no-salvación, en la que ha existido una solidaridad de pecado, y de pecado social[59], se necesita una salvación nueva, verdadera, no-fabulosa: una encarnación verdadera, que produzca esa solidaridad verdadera, que reconcilie al hombre con Dios y con los otros hombres, una “fuerza de salvación” que rehaga al hombre desde dentro, desde lo más profundo de él, es decir, en su solidaridad. Es precisamente lo que ha realizado Jesús en su Encarnación-Muerte.

12. Muchas veces, hoy en día, se dificulta la debida captación de esta solidaridad de Jesús en la salvación de todos, porque en nuestro tiempo adolecemos de una perspectiva que exagera la subjetividad como conciencia de sí, en la que se apela a una total autonomía de la persona. En cambio, las corrientes filosóficas actuales que subrayan la inter-personalidad destacan que ella necesita de las relaciones, que los hombres no son sólo fronteras sino determinantes en la realización del individuo y de su libertad, que el hombre, para ser libre auténticamente ha de relacionarse con los demás.

“Todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno” (EG 265). El hombre cotidiano se realiza en el amor y en la comprensión de los demás. El mismo lenguaje lo muestra: que la subjetividad del hombre está orientada a la inter-subjetividad y a la entrega de sí mismo. Por eso podemos decir que es típicamente humana “la lógica de la entrega sincera”[v].

De la misma manera habría que decir algo sobre la muerte y su sentido vicario. La única experiencia de la muerte que tenemos es la de los otros. Nos llega a lo más íntimo, nos choca y nos somete a juicio en previsión de la propia nuestra. Como reacción, cobra valor el sentido profundo de nuestra vida. Así, la muerte de los demás es fuente de vida nueva para nosotros.

Estos asuntos, relativos al sentido de la vida, debieran ser motivo de diálogo, inclusive, y muy especialmente, en las aulas universitarias, con los propios jóvenes[60], a quienes, quizás por su edad, se les quiere eludir este elemento propio y esencial de la condición humana[61].




Notas de pie de página



[1] “Todos los hombres están obligados a buscar la verdad en aquellas cosas que miran a Dios y a la Iglesia; y, una vez conocida, en razón de la ley divina, están urgidos a, y gozan del derecho de, acogerla con los brazos abiertos y mantenerse en ella”. (Traducción del autor).
[2] “Las Conferencias de los Obispos, si pudiera hacerse y se pusieran a punto todas las cosas, preocúpense por que existan en su territorio Universidades o, por lo menos facultades, distribuidas convenientemente y con enlace armonioso entre ellas, en las cuales se indaguen y se transmitan mediante la enseñanza las variadas disciplinas, teniendo en cuenta la doctrina católica y ciertamente manteniendo intacta la científica autonomía que ellas poseen”. (Traducción del autor).
[3] “En todas y cada una de las Universidades católicas ha de haber asignaturas en las cuales sean tratadas, reflexionadas y académicamente gestionadas ante todo aquellas problemáticas teológicas que están lógicamente relacionadas (encadenadas) con las disciplinas de las mismas Facultades.” (Traducción del autor).
[4] “Las Autoridades no menos que los profesores de las Universidades y facultades eclesiásticas preocúpense de que las diversas facultades de la Universidad se pongan al servicio mutuamente en la medida que el asunto lo permita, y de que exista una cooperación mutua entre la propia Universidad o facultad y otras Universidades y facultades, incluso no eclesiásticas, por medio de la cual ellas mismas se pongan de acuerdo para (lograr) efectivamente, en acción conjunta, un mayor incremento de las ciencias, mediante congresos, investigaciones científicas coordinadas y por otros medios.” (Traducción del autor).
[5]De Ecclesiae munere docendi”: “Sobre la función (o misión) educadora (de enseñar) de la Iglesia”.
[6] BENEDICTO XVI: Discurso durante la visita al Presidente de Italia, Carlo Azeglio Ciampi, en el Palacio Quirinal viernes 24 de junio de 2005, en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/june/documents/hf_ben-xvi_spe_20050624_president-ciampi_sp.html
[7] El original italiano dice: “C’è oggi chi vive come se non dovesse mai morire o come se tutto dovesse finire con la morte; alcuni si comportano ritenendo che l’uomo sia l’unico artefice del proprio destino, come se Dio non esistesse, giungendo qualche volta persino a negare che ci sia spazio per Lui nel nostro mondo. I grandi successi della tecnica e della scienza, che hanno notevolmente migliorato la condizione dell’umanità, lasciano però senza soluzione i quesiti più profondi dell’animo umano. Solo l’apertura al mistero di Dio, che è Amore, può colmare la sete di verità e di felicità del nostro cuore; solo la prospettiva dell’eternità può dare valore autentico agli eventi storici e soprattutto al mistero della fragilità umana, della sofferenza e della morte”, en: Audiencia general del 16 de agosto de 2006: (consulta de la fecha): http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/18693.php?index=18693&po_date=16.08.2006&lang=sp 
El Mensaje para los Budistas del Pontificio Consejo para el Diáologo Interreligioso del 2 de mayo de 2013 “con ocasión de la Festividad budista de Vesakh/Hanamatsuri 2013” nos invita, a cristianos, budistas y a todas las personas de buena voluntad, a estar atentos a todas las expresiones del “mal (que) contribuye de diversas maneras a la deshumanización del individuo, disminuyendo así el sentido de humanidad de individuos y comunidades”. Entre tales expresiones el documento considera los diversos atentados contra la vida. Cf. http://attualita.vatican.va/sala-stampa/bollettino/2013/05/02/news/30909.html (Cursiva es mía).
[8] Iván F. MEJÍA ÁLVAREZ: Derecho canónico y Teología: la justicia social, norma para el seguimiento de Jesús, el Señor. Estudio del c. 222 § 2 del CIC Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Derecho canónico Bogotá Agosto de 1996 (tesis doctoral) 231s.
A lo largo de toda esta investigación, pero especialmente en este capítulo, nos referimos al “ser humano” y a los “seres humanos”. Podría considerarse superfluo acotar al respecto, pero tal vez no lo es, que un problema que se suele presentar consiste, precisamente, en la “inducción” científica que nos permite considerar que este concepto universal se refiere o sintetiza unos hechos o realidades empíricas, experimentales, y vale para todos los hombres, varones y mujeres, todo aquello que encontramos común a todos los miembros de la especie humana. Una exposición sobre esta cuestión, desde el punto de vista de la filosofía de las ciencias, puede verse en el texto tantas veces citado de Manuel TREVIJANO: En torno a la ciencia, o. c., p. 17, nt. 34, 118.
[9] Tendremos que desarrollar más ampliamente, oportunamente, este punto.
Sobre cómo la persona y misión de María Santísima ayuda en nuestro caso – y, en realidad, en todos los demás – a profundizar en las relaciones antropológico-morales entre el pecado y la verdad, citamos el siguiente texto: “María comparte nuestra condición humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y comparte el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida”: JUAN PABLO II: enc. VS del 6 de agosto de 1993, n. 120, en http://www.vatican.va/edocs/ESL0044/__P13.HTM#-54
Sobre este mismo asunto, BENEDICTO XVI, recordando a Juan XXIII y su encíclica MM en su cincuentenario, decía a los participantes en el Congreso Internacional “Justicia y globalización: de la Mater et Magistra a la Caritas in veritate”, promovido por el Pontificio Consejo de la Justicia y la Paz (Roma, 16-18 mayo 2011): “La verdad, el amor, la justicia, indicados por la Mater et magistra, junto con el principio de la destinación universal de los bienes, como criterios fundamentales para superar los desequilibrios sociales y culturales, permanecen como los pilares para interpretar y emprender soluciones también de los desequilibrios internos a la globalización actual. De frente a estos desequilibrios es necesario volver a los orígenes de una razón integral que haga renacer el pensamiento y la ética. Sin un pensamiento moral que supere la impostación de las éticas seculares como las neoutilitaristas y neocontractualistas, que se fundamentan sobre un escepticismo sustancial y sobre una visión prevalentemente inmanentista de la historia, se hace totalmente arduo para el hombre de hoy llegar al conocimiento del verdadero bien humano. Es necesario desarrollar síntesis culturales humanísticas abiertas a la Trascendencia mediante una nueva evangelización – radicada en la ley nueva del Evangelio, la ley del Espíritu – a la cual muchas veces nos ha llamado el beato Juan Pablo II. Sólo en la comunión personal con el Nuevo Adán, Jesucristo, la razón humana es curada y potenciada, y es posible acceder a una visión más adecuada del desarrollo, de la economía y de la política de acuerdo con su dimensión antropológica y las nuevas condiciones históricas. Y es gracias a una razón restaurada en su capacidad especulativa y práctica como se puede disponer de criterios fundamentales para superar los desequilibrios globales, a la luz del bien común. En efecto, sin el conocimiento del verdadero bien humano, la caridad se desliza hacia el sentimentalismo (cf. n. 3); la justicia pierde su «medida» fundamental; el principio de la destinación universal de los bienes se deslegitima”: en: http://press.catholica.va/news_services/bulletin/news/27427.php?index=27427&po_date=16.05.2011&lang=sp
[10] En un sentido complexivo, afirmaba Joan CARRERA I CARRERA: “Los cristianos debemos recuperar el cielo, no como evasión, sino como horizonte escatológico, horizonte crítico frente a las realidades presentes y al mismo tiempo, horizonte esperanzador que nos atrae. Imaginar un mundo mejor es el primer paso para mejorar el mundo”: “Mundo global, crítica global” en Cuadernos Cristianismo i Justicia 118 febrero 2003 4, en: http://www.fespinal.com/espinal/castellano/visua/es118.htm
[11] Estas expresiones se encuentran muy lúcidamente indicadas en el memorable texto de la Alocución de JUAN PABLO II al Tribunal Apostólico de la Rota Romana del 5 de febrero de 1987, L’OR (italiano) 6 de febrero de 1987 5. El problema, por lo demás, habia sido abordado ya por el mismo Sumo Pontífice, en forma explícita y en un marco especialmente solemne: durante la inauguración de la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Puebla en 1979. Dicha línea de pensamiento aparece luego desarrollada por los Obispos en su Documento final en algunos aspectos relevantes (Puebla 304-339), sobre los que iremos volviendo en nuestro texto. Como se ve, la relectura del discurso se impone, especialmente en su parte pertinente: cf. Discurso "Esta hora", 1,9 en: CONSEJO EPISCOPAL LATINO AMERICANO - TERCERA CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO: Puebla 22-23.
El criterio en mención, como se puede intuir, no es meramente formal o adjetivo; posee, por el contrario, una importancia definitiva para la transmisión de la fe, y se refiere y limita no sólo con cuestiones propiamente científicas y éticas, sino profundamente entroncadas con la sustancia de la fe cristiana. El Cardenal Gerhard MÜLLER, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ofreció un ejemplo concreto de ello en su reunión con la Presidencia de la LCWR (Leadership Conference of Women Religious), el 30 de abril de 2014. Decía él en tal ocasión acerca de la expresión “evolución consciente”, que se estaba empleando sin suficiente discernimiento en diversos textos, que “Las tesis fundamentales de la evolución consciente se oponen a la revelación cristiana y, cuando se toman irreflexivamente, casi necesariamente conducen a errores fundamentales con respecto a la omnipotencia de Dios, la encarnación de Cristo, la realidad del pecado original, la necesidad de la salvación y el carácter definitivo de la acción salvífica de Cristo en el misterio pascual”: (consulta del 31 de octubre de 2014, en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/muller/rc_con_cfaith_doc_20140430_muller-lcwr_en.html).
El tema interdisciplinariedad-interculturalidad volvió a ser motivo de sugerencia y propuesta a todas las instituciones educativas católicas, por supuesto para las Universidades, por parte de BENEDICTO XVI en su discurso citado a la Plenaria de la Congregación para la Educación Católica, el 7 de febrero de 2011: http://press.catholica.va/news_services/bulletin/news/26807.php?index=26807&po_date=07.02.2011&lang=sp
[12] El Papa BENEDICTO XVI en la recién citada ocasión de la visita al Presidente italiano, decía: “La Iglesia, acostumbrada a escrutar la voluntad de Dios inscrita en la naturaleza misma de la criatura humana…”: Discurso durante la visita al Presidente de Italia, Carlo Azeglio Ciampi, en el Palacio Quirinal viernes 24 de junio de 2005, en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/june/documents/hf_ben-xvi_spe_20050624_president-ciampi_sp.html
[13] E intentar recogerlas todas sería tarea inacabable, por obvias razones.
[14](Del ingl. standard). 1. adj. Que sirve como tipo, modelo, norma, patrón o referencia. 2. m. Tipo, modelo, patrón, nivel. Estándar de vida.”: DRALE (consulta julio 2006).
[15] Pero las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque, junto con los mandamientos, el Señor nos da la posibilidad de observarlos: «Sus ojos están sobre los que le temen, él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar» (Si 15, 19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el concilio de Trento: «Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. "Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas" y te ayuda para que puedas. "Sus mandamientos no son pesados" (1 Jn 5, 3), "su yugo es suave y su carga ligera" (Mt 11, 30)» (Ses. VI. Decreto sobre la justificación Cum hoc tempore, capítulo 11: DS, 1536; cf. can. 18: DS 1568. El conocido texto de san Agustín, citado por el Concilio, está tomado del De natura et gratia, 43, 50 (CSEL 60, 270).) Citado en VS n. 102.
[16] Decimos “de base”, pues, sin duda, debe considerarse máximamente aquella cautela expresada por el Papa Juan Pablo II cuando afirmaba sobre “las así llamadas ciencias humanas”. Pues “mientras éstas se ocupan del fenómeno de la moralidad como hecho histórico y social, la teología moral aun sirviéndose necesariamente también de los resultados de las ciencias del hombre y de la naturaleza, no está en absoluto subordinada a los resultados de las observaciones empírico-formales o de la comprensión fenomenológica”: VS 111b.
[17] Tal ocurre, v. gr., con las nociones de “bien común”, “dignidad de la persona humana”, “solidaridad” y “subsidiariedad”, que son ejes de la concepción que rige la doctrina social de la Iglesia, como ha hecho notar Mons. Marcelo SÁNCHEZ SORONDO, Canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, al observar que “El programa (de la XIV Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales) prevé un atento examen de los procesos actuales de cambio de época a la luz de los cuatro principios fundamentales de la doctrina social católica (dignidad de la persona humana, bien común, solidaridad y subsidiariedad) para comprender de qué modo y en qué medida tales principios son aplicados efectivamente, y para proponer nuevas soluciones allá donde ellos sean desconocidos, malinterpretados, desatendidos o alterados. Por una parte, se trata de profundizar ulteriormente el sentido y la aplicabilidad de estos principios. En efecto, aunque tales principios hayan sido enunciados con claridad en el orden teórico, con mucha frecuencia ocurre que son interpretados de modos que muy lejanamente están vinculados con los significados y con las intenciones que se proponen en la doctrina social. Es un dato de hecho que las interpretaciones reduccionistas y prevenidas prevalecen por todas partes. Por ejemplo, el bien común es identificado con los bienes materiales, tales como el agua, un ambiente saludable, o cosas semejantes; la solidaridad es identificada con el amor, la filantropía, o la beneficencia pública; la subsidiariedad es definida como dejar que las decisiones sean tomadas por los niveles más bajos del sistema político (cfr. art. 3/B del Trattato Europeo di Maastricht). Estas interpretaciones son reductivas, o, más aún, erradas. Ellas comportan una serie de consecuencias. Tomemos, por ejemplo, el caso de la familia: el bien común de la familia se lo identifica con su patrimonio, la solidaridad familiar, con los sentimientos de amor, la subsidiariedad, con el dejar a cada ‘actor’ definir la familia como mejor cree. Al nivel macro del Estado nacional, la solidaridad es definida en términos del control político sobre los recursos, el logro de las oportunidades iguales, la redistribución mediante el estado asistencial (por parte de un cierto pensamiento socialista); y la subsidiariedad es identificada con la devolution o la privatización (por parte de cierto pensamiento liberal). Estos no son sino algunos ejemplos de los malentendidos de naturaleza general que rodean estos conceptos clave – el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad –. Por tanto, sobre el plano teórico, los principios de la doctrina social católica serán expuestos a un análisis atento en lo que se refiere a su correcta interpretación y aplicación, con especial referencia a sus articulaciones e interconexiones, que han sido hasta el momento dejadas de lado. Se trata de hacer emerger con claridad la reciprocidad entre ellos, la complementariedad y los nexos que los estructuran. La hipótesis de trabajo es que el concepto abstracto de bien común pudiera ser concretizado en el de ‘bienes comunes como bienes relacionales’”: 2 de mayo de 2008, en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/22065.php?index=22065&po_date=02.05.2008&lang=sp
El tema es tan grave que ha sido hecho objeto de intervenciones por parte del Santo Padre BENEDICTO XVI, como en su discurso a los miembros de la Curia Romana, el 21 de diciembre de 2012: “Pero el hombre sólo logra ser él mismo en la entrega de sí mismo, y sólo abriéndose al otro, a los otros, a los hijos, a la familia; sólo dejándose plasmar en el sufrimiento, descubre la amplitud de ser persona humana. Con el rechazo de estos lazos desaparecen también las figuras fundamentales de la existencia humana: el padre, la madre, el hijo; decaen dimensiones esenciales de la experiencia de ser persona humana. El gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, en un tratado cuidadosamente documentado y profundamente conmovedor, ha mostrado que el atentado, al que hoy estamos expuestos, a la auténtica forma de la familia, compuesta por padre, madre e hijo, tiene una dimensión aún más profunda. Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad humana, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo, de lo que significa realmente ser hombres. Cita una afirmación que se ha hecho famosa de Simone de Beauvoir: «Mujer no se nace, se hace» (“On ne naît pas femme, on le devient”). En estas palabras se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema «gender» como una nueva filosofía de la sexualidad. Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear. Según el relato bíblico de la creación, el haber sido creada por Dios como varón y mujer pertenece a la esencia de la criatura humana. Esta dualidad es esencial para el ser humano, tal como Dios la ha dado. Precisamente esta dualidad como dato originario es lo que se impugna. Ya no es válido lo que leemos en el relato de la creación: «Hombre y mujer los creó» (Gn 1,27). No, lo que vale ahora es que no ha sido Él quien los creó varón o mujer, sino que hasta ahora ha sido la sociedad la que lo ha determinado, y ahora somos nosotros mismos quienes hemos de decidir sobre esto. Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza. Ahora él es sólo espíritu y voluntad. La manipulación de la naturaleza, que hoy deploramos por lo que se refiere al medio ambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto a sí mismo. En la actualidad, existe sólo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, autónomamente, una u otra cosa como naturaleza suya. Se niega a hombres y mujeres su exigencia creacional de ser formas de la persona humana que se integran mutuamente. Ahora bien, si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación. Pero, en este caso, también la prole ha perdido el puesto que hasta ahora le correspondía y la particular dignidad que le es propia. Bernheim muestra cómo ésta, de sujeto jurídico de por sí, se convierte ahora necesariamente en objeto, al cual se tiene derecho y que, como objeto de un derecho, se puede adquirir. Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser. En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo. Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre. Quien defiende a Dios, defiende al hombre”: en: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2012/december/documents/hf_ben-xvi_spe_20121221_auguri-curia_sp.html
[18] Hemos tomado conciencia de este fenómeno en el capítulo primero de esta investigación, cf. supra, VII, 2, p. 52-59. Pero será necesario reiterarlo oportunamente a propósito de algunos planteamientos particularmente críticos en lo que se refiere a las realidades que estudian las ciencias de la vida y la salud.
[19] GS 41.
[20] GS 42.
[21] GS 43. Ya hemos aludido al asunto en nuestro cap. primero. Es muy oportuna, a este respecto, la precisión y enseñanza que hizo el Concilio, en el documento que él mismo quiso denominar “pastoral”, cuando reconoció la “autonomía” relativa que poseen las “realidades temporales” – tales como las actividades económicas, políticas y culturales: las ciencias, las técnicas y las artes; la educación; entre otras: campos muy propios para la actividad de los laicos –  con respecto a la “religión”, y, por ende, a la “teología”: todo el campo de la “acción” o de la “actividad humana” pero leído (teológica, pastoralmente) desde las motivaciones, la racionalidad y el horizonte de sentido que ofrece la fe cristiana (véanse al respecto diversos textos de Alberto PARRA, S. J., entre los cuales: “Apuntes para la teología de la acción” – 2010, aún para uso privado –). En mi concepto, pues, la “acción pastoral” de la Iglesia – clérigos, religiosos y laicos – ni se puede restringir a las acciones ejercidas como al interior de la misma y para su propio gobierno, ni mucho menos puede identificarse con un (ojalá) ya superado manejo “suyo” (y como exclusivo) de toda esa amplia gama en la que se desarrolla la actividad humana, sino que se debe comprender (incluyendo) y extender a todos los campos de la actividad humana en los que los cristianos – no sólo los laicos, pero ellos a su manera propia –están llamados a obrar y a intervenir decisivamente.
[22] GS 44.
[23] GS 44a.
[24] ¡Por supuesto, no me refiero a las doctrinas de Confucio (Kung Fu Tse, o K’ung Ch’iu: ss. VI - V a. C.)!, de quien se afirma que en su época China pasó de una religiosidad animista y mágica a una religiosidad más de tipo racional. Con todo, él mismo no se consideraba como el fundador de una nueva religión cuanto de una nueva forma de vida, en la que la virtud moral personal y la formación de una sociedad ética son más eficaces que la magia en orden a lograr bienestar humano.
[25] Cf. el planteamiento completo del asunto en el capítulo segundo de esta investigación, supra, 1.b., pp. 93-128.
[26] No aludo sólo a un plural mayestático. Pienso que los datos que aporto no son, ciertamente, “míos”.
[27] Gustavo BAENA BUSTAMANTE, S. J.: “Aspectos de Teología y procreación humana” (Videograbación) en II Congreso de Bioética de América Latina y del Caribe (Jun. 3-6 de 1998 Santa Fe de Bogotá): publicado por Tercer Mundo Bogotá 1998.
[28] No menos desearían algunos para tratar los diversos problemas. Si no, véase, p. ej., la conclusión de la siguiente nota periodística: “El martes se supo que dos grupos de científicos habían logrado transformar células epidérmicas humanas en células madre, lo que brindaría potencialmente acceso ilimitado a esas células que pueden reemplazar tejidos u órganos enfermos o dañados. Esta nueva técnica, una vez perfeccionada, podría permitir a los médicos crear células madre con un código genético específico de un paciente, eliminando el riesgo de rechazo que sí ocurre en el caso de las células madre obtenidas de embriones. Las células madre se perfilan como una posible respuesta mágica a algunas de las enfermedades más mortíferas porque pueden desarrollarse en cualquiera de los 220 tipos de células del cuerpo humano.”: en: “Vaticano considera aceptable investigación con células madre de la piel”, en: 24 Horas Libre Perú, miércoles, 21 de noviembre del 2007 21:29 Hora de Perú, en (consulta noviembre 2007): http://www.24horaslibre.com/tecnologia/1195698550.php
[29] Existen, por supuesto, múltiples tratados sobre la materia. Baste mencionar uno de ellos: Jesús YUSTA: Diccionario de Antropología creyente Editorial Monte Carmelo Burgos 2004.
[30] Mirando del horizonte de la filosofía de las ciencias desde el que quiere proponer la cuestión, Manuel TREVIJANO afirma: “Normalmente los autores que tocan estos puntos suelen hacerlo de una manera parcial, desde un único punto de vista. Como cualquier ciencia tiene una relación con los hombres, atañe a la persona humana más o menos directamente, ningún enfoque parcial limitado, ningún objeto formal que intenta excluir a los demás, puede aportarnos una solución satisfactoria. Se ha dicho que los pensadores, y aquí podríamos incluir tanto a los filósofos en general como a los epistemólogos en particular, suelen tener razón en lo que afirman y errar en lo que niegan. Enfocando desde una dirección sólo pueden captar una realidad parcializada. Nunca esto resulta suficiente. Los que han sido considerados como los grandes pensadores, citemos solamente a Kant, Marx, Freud o Einstein, aportan semillas de verdad. Pero la realidad total es mucho más rica…”: En torno a la ciencia, o. c. p. 17, nt. 34, 262.
Algunas de las condiciones para hacer este diálogo provechoso tendrían que incluir, para todas las partes, una comunicación “humilde” ante las inquietudes y los dilemas que plantean situaciones y problemas nuevos; y, por parte de todos, de igual manera, el esfuerzo por mantenerse al día tanto en la investigación intradisciplinar como en la interdisciplinar. Cf. María Isabel GIL ESPINOSA: Aportes de la Antropología Teológica al debate bioético, en: Aportes de la antropología teológica al debate bioético [Recurso electrónico] Director Mario Gutiérrez Jaramillo, S. J. CD Tesis de Maestría. 233.5 G45A  Datos electrónicos (1,3 MB) Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 2002 110-114.
El diálogo, por el contexto en que nos encontramos, se refiere, principalmente a la Academia. Pero se ha de instaurar también a las relaciones con otras religiones – en el diálogo interreligioso – y con otros cristianos – el movimiento ecuménico –. El problema medioambiental al que acabamos de referirnos, debe ser uno de estos tópicos de diálogo. Cf., al respecto, el Mensaje del PONTIFICIO CONSEJO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO, con ocasión de la Festividad Budista de VESAKH (entre el 12 y el 18 de mayo de 2008), publicado el 29 de abril del mismo año, en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/22051.php?index=22051&po_date=29.04.2008&lang=sp  En relación con las actividades que a este propósito se han venido desarrollando en la PUJ, Hoy en la javeriana 52/1291 septiembre 2013 8-9, trae el artículo: “Hacia una política de la gestión ambiental en la Javeriana”.
[30 bis] Sobre estos “límites”, dichos en el contexto evolutivo hacia la “madurez” personal y en el tránsito de la juventud a la edad adulta, nos hemos referido en el cap. precedente (cf. n.f. i).
[31] Hemos rememorado ya los calificativos de “antropocéntrica” con que, por parte de algunos, ha sido considerada la enseñanza católica en esta materia (cf. cap. 4°, 1.d.A.g), p. 443, nt. 1156; también: 1.f.4)a).14.1°)c’), p. 502ss). En ese momento dimos nuestro punto de vista, que atenúa el concepto de extremo “antropocentrismo” contra el cual el movimiento “ecologista” de los últimos cincuenta años ha enfilado baterías. Por tal entiende Leonardo BOFF: “¿Qué es lo que afirma el antropocentrismo? Pues que todo en la historia de 15.000 millones de años, tiene su razón de ser únicamente en razón del ser humano, hombre y mujer. Por consiguiente, todo culmina en él. Nada tiene valor intrínseco, nada posee alteridad y sentido sin él. Todos los seres están a su disposición en orden a realizar sus deseos y proyectos. Son su propiedad y dominio. Él se siente por encima de las cosas y no al lado y con las cosas. Se imagina como un punto aislado y único, fuera de la naturaleza y por encima de ella. Con arrogancia se puede dispensar de respetarla”: en: Ecología, grito de la tierra, grito de los pobres Trotta Madrid 1996 93.
Entre nosotros – hablo en el caso de la Pontificia Universidad Javeriana en estos últimos tiempos – el asunto no ha pasado desapercibido, para la muestra un botón: la investigación “Calidad de vida y dignidad en el debate bioético” llevada a cabo por José Edwin CUÉLLAR SAAVEDRA y colaboradores, a partir de una revisión bibliográfica y del análisis conceptual en diversos autores desde contextos distintos a la bioética, en: Doris MORALES ALARCÓN (comp.): X Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, 22-25 septiembre de 2009 Editorial Pontificia Universidad Javeriana Bogotá 2009 102.
El pensamiento teológico ha recogido algunas de estas objeciones y ha querido responderlas. Véase, p. ej., de Alfonso CARRASCO RUOCO: “La dignidad humana y la fraternidad de los hombres son realidades «meta-genéticas»”, en (consulta junio 2007): http://www.clerus.org/pls/clerus/cn_clerus.h_start_consult_ext?dicastero=2&tema=10&argomento=0&sottoargomento=0&lingua=5&Classe=1&operazione=ges_teleconf&rif=256&rif1=256lunedi 
[32] ¿Qué es el hombre? Fondo de Cultura Económica México 1949.
[33] El personalismo Universitaria de Buenos Aires 1969 6ª.
[34] Personne humaine et nature: étude logique et métaphysique Montaigne París 1963.
[35] Son muchas sus obras de gran alcance. Para el autor, las personas son caracterizadas por su alteridad, y decir alteridad es decir “diferencia”: una diferencia que implica subjetividad, sensibilidad, vulnerabilidad (Edgar López). Sólo menciono algunas en particular por su interés para nuestra cuestión: Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad Sígueme Salamanca 1977; Entre nosotros: ensayos para pensar en otro Pre-Textos Valencia 1993; “Verdad del desvelamiento y verdad del testimonio” en: Diálogo Filosófico 13/38 may-ago 1997 179-188;  De la existencia al existente Arena Madrid 2000.
En nuestro contexto javeriano me permito mencionar la investigación de Norbayro LONDOÑO BUITRAGO: Relaciones dialécticas entre Dios y la humanidad Trabajo de grado de Magíster en Teología Bogotá 2003 que trabaja desde una hermenéutica bíblica el problema del simbolismo aplicado a la familia y a las relaciones de pareja teniendo en cuenta la interpretación de E. Lèvinas.
[36] Para conocer una aproximación a su pensamiento, cf. la tesis doctoral de Gabriel Alfonso SUÁREZ MEDINA: en su forma de extracto: Xavier Zubiri: socialidad de la realidad personal: filosofía social Pontificia Universitas Gregoriana Roma 1992; en su forma integral: Socialidad de la realidad personal Cargraphics Bogotá 2001.
[37] Se considera a este como uno de los más importantes teólogos de la época del Concilio, como que fuera uno de sus expertos. De entre sus múltiples y fundamentales obras menciono las siguientes por su directa vinculación con problemas colaterales a nuestra investigación, sabedor de que aquí emplearé apenas algunos pocos materiales de sus Escritos de Teología Taurus Madrid 1964: El cristianismo y el hombre nuevo (t. 5, 157-180); La cristología dentro de una concepción evolutiva del hombre (t. 5, 181-200); Dignidad y libertad del hombre (t. 2, 245-274); Del misterio de la vida (t. 6, 167-180); Sobre la unidad del amor a Dios y el amor al prójimo (t. 6, 271-294); Teología de la libertad (t. 6, 210-232); La unidad de espíritu y materia en la comprensión de la fe cristiana (t. 6, 181-209); Utopía marxista y futuro cristiano del hombre (t. 6, 76-88); en otras publicaciones: con Paul OVERHAGE: El problema de la hominización. Sobre el origen biológico del hombre Cristiandad Madrid 1973.
[38] Homilía en la Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo, 29 junio de 2006. En: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060629_sts-peter-paul_sp.html
El Papa prosiguió haciendo una referencia a la Iglesia y a la Iglesia de hoy: “En este sentido, Pedro, en su primera Carta, asumiendo esos dos aspectos, se define "testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está para manifestarse" (1 P 5, 1). Para la Iglesia el viernes santo y la Pascua están siempre unidos; la Iglesia es siempre el grano de mostaza y el árbol en cuyas ramas anidan las aves del cielo. La Iglesia, y en ella Cristo, sufre también hoy. En ella Cristo sigue siendo escarnecido y golpeado siempre de nuevo; siempre de nuevo se sigue intentando arrojarlo fuera del mundo. Siempre de nuevo la pequeña barca de la Iglesia es sacudida por el viento de las ideologías, que con sus aguas penetran en ella y parecen condenarla a hundirse.”
[39] Juan Pablo II en dos ocasiones, por lo menos, recordó durante su ministerio esta expresión: una, al mencionar el misterio de la encarnación en su encíclica Dives in misericordia n. 7, y otra, en su “libro” “Don y misterio”, con ocasión de sus Bodas de Oro sacerdotales en 1996, capítulo VIII, en: http://www.vatican.va/archive/books/gift_mystery/documents/archive_gift-mystery_book_1996_sp.html
[40] Capítulo VII 1-2, en: Daniel RUIZ BUENO: Padres apostólicos y Apologistas griegos (s. II) BAC Madrid 2002 384.
[41] Para un estudio del problema, cf. Leslie Forster STEVENSON - David L. HABERMAN: Diez teorías sobre la naturaleza humana: Confucianismo, Hindusimo, la Biblia, Platón, Kant, Marx, Freud, Sartre, Skinner, Lorenz Ediciones Cátedra Madrid, España 2005 2ª. En este contexto véanse las obras de: Jürgen HABERMAS: El futuro de la naturaleza humana: ¿hacia una eugenesia liberal? Paidós Barcelona 2002, Básica Barcelona 2009; Malcolm A. JEEVES: Neurociencia, psicología y religión: ilusiones, espejismos y realidades acerca de la naturaleza humana Editorial Verbo Divino Navarra 2009.
En el XIII Congreso de la Asociación Internacional para la Promoción del Estudio del Derecho Canónico (Consociatio Internationalis Studio Iuris Canonici Promovendo), efectuado en conjunto con la Facultad de Derecho Canónico San Pío X de Venecia, Italia, entre el 17 y el 21 de septiembre de 2008, cuyo tema fue “El Ius divinum en la vida de la Iglesia”, Monseñor Luis F. LADARIA, S. J., Profesor de Teología de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, y por entonces Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Teológica Internacional, pronunció su conferencia sobre “La noción de naturaleza desde el punto de vista de la antropología teológica” (jueves 18 de septiembre de 2008). En ella hizo el seguimiento al empleo del término a partir de la literatura griega (φύσις) y latina (natura), en cuyo desarrollo llegó a significar las “leyes naturales”, fuerzas que constriñen, válidas para todos, para distinguirlas de aquellas otras, cuya validez depende de las decisiones que se toman, o que tienen valor en virtud de las mismas, y a las que se denominaban γέσει. En la literatura hebrea, y más precisamente en el AT, no se encuentra una expresión correspondiente, salvo en la traducción de los LXX y aún más en los escritos originales griegos. Algo similar ocurrió en el NT, en donde se lo contrapone, más bien, a la “gracia” (χάρις en gr., gratia, en lat.), especialmente en textos como 2 Pe 1,4; Rm 11,21.24; Ga 4,8; 1 Co 11,14; Rm 2,14; Ef 2,3.5,7-8). Como se puede observar de este seguimiento, en los textos bíblicos, y así ocurrió también en los de los primeros siglos cristianos, el asunto no se ubicó especialmente en relación con una problemática de tipo cosmológico e, incluso, antropológico. En cambio, sí se vino a presentar en relación con las controversias trinitarias y cristológicas – a las que les queremos dar un desarrollo particular, del mismo modo, en este capítulo, por sus consecuencias en orden a detectar “lo humano” y la “dignidad” de la “persona humana” –. En este orden de cosas, la exposición de Mons. Ladaria entró a examinar (pp. 2-4) el período patrístico hasta el establecimiento del axioma “quod non est assumptum non est sanandum”, de S. Gregorio Nacianceno (Ep. 101,32-33, en SCh 208,50) y de Cirilo de Alejandría (In Joh. Ev.VIII, 4. en PG 74,92). Luego presentó sus “reflexiones acerca de la concepción escolástica” (pp. 4-5), y el asunto de “la discusión en torno a la naturaleza y la gracia” (pp. 5-7). Una importante sección de su discurso versó sobre “los nuevos planteamientos del siglo XX” (pp. 7-10), para llegar a su exposición, valiosa para nuestro propósito – como bien podemos entender – sobre “la creación en Cristo y la naturaleza humana” (pp. 10-15), cuyas repercusiones para la moral son destacadas por él en las conclusiones, al citar VS 53: “A estas palabras (GS 22) hace eco Juan Pablo II: «(Cristo) es el “Principio” que, habiendo asumido la naturaleza humana la ilumina definitivamente en sus elementos constitutivos y en su dinamismo de caridad hacia Dios y el prójimo»” (p. 16).
Las actas del Congreso se encuentran ya publicadas en: Juan Ignacio ARRIETA (A cura di) – Costantino-M. FABRIS (Coordinatore edizione): Ius divinum, o. c. p. 56, nt. 120. El escrito citado de Mons. Ladaria se encuentra en las pp. 115-140.
[42] “El docetismo del griego dokein (= parecer) reducía la encarnación del Verbo a una mera apariencia, un mero parecer humano de Cristo. Su cuerpo no sería un cuerpo real sino una apariencia de cuerpo. Ésta visión brota de una concepción pesimista de la carne y de todo el mundo material propia del gnosticismo, del cual proviene esta herejía.
En efecto, los gnósticos enfrentaban el espíritu, al que consideraban como un principio bueno y puro, a la materia, a la que consideraban como su opuesto; en esta lógica, el proceso de redención del hombre consistía en una progresiva purificación de todo lo que fuera materia para hacerse espíritu puro. Así, el Verbo no se podía manchar para nada haciéndose carne o teniendo materia en su ser.
En el Evangelio del Apóstol San Juan aparece claramente la verdad de la encarnación negada por los docetas gnósticos: «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (1Jn 1,13-14). De igual manera en las cartas de San Juan se denuncian y censuran con claridad estos errores: «Podréis conocer en esto el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; ese es el del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo» (1Jn 4,2-3), «Muchos seductores han salido al mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Ese es el Seductor y el Anticristo» (2Jn 7).” En: Catecismo básico, en: http://www.aciprensa.com/Catecismo/herejia.htm
[43] Los primeros proponentes de esta herejía parece ser que fueron Praxeas y Noeto, de principios del siglo III. Contra ellos escribieron Tertuliano (Adversus Praxeam) e Hipólito romano (Contra Noetum). Otros defensores de la herejía fueron, en Roma, Epígono, Cleomenes y Sabelio; del nombre de este último se llamó sabeliana a la secta modalista y duró hasta el siglo V combatida por Eusebio de Cesarea (Contra Marcellum y De ecclesiastica theologia) y por san Hilario de Poitiers (De Trinitate).
Afirmaban aquéllos que en Dios sólo hay una persona como una es también su naturaleza: los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo no son otra cosa sino aspectos diversos del Dios único, esto es, son modos de considerar a Dios en sus operaciones ad extra: como la creación, la encarnación, la efusión de la gracia. No existe, por tanto, Trinidad en Dios sino "monarquía" (de donde se le da también el nombre de monarquismo); y cuando decimos que el Hijo de Dios se encarnó y que sufrió pasión y muerte, es una simple manera de hablar, puesto que, en realidad, fue el mismo Padre quien sufrió y se encarnó y murió en la cruz (de donde también se les da el nombre de patripasianos).
[44] La doctrina se difundió en el siglo V. Enseñaba la existencia de dos personas separadas en Cristo encarnado: una divina (el Hijo de Dios); otra humana (el hijo de María), unidas con una voluntad común. Toma su nombre de Nestorio (Maras, Siria c. a. 381- Egipto 451), patriarca de Constantinopla, quien fue el primero en difundir la doctrina.
[45] Del 22 de junio hasta finales de septiembre, fue convocado por el emperador Teodosio II. Cf. DS 250-251, “sobre la encarnación del Hijo de Dios”; DS 252-263, “sobre la unión de las naturalezas en Cristo”; y DS 264, “condenación del Nestorianismo”. Aunque el Concilio se reunió con la presencia de los Legados del Papa Celestino I, la doctrina declarada fue reafirmada inmediatamente por su sucesor, Sixto III, cf. DS 271-273 en el año 433.
[46]ένα καί τόν αύτόν Χριστόν υίον κύριον μονογενή έν δύο φύσεσιν ασυγχύτως, ατρέπτως, αδιαιρέτως, αχωρίστως γνωριζόμενον, ούδαμοΰ της τών φύσεων διαφοράς ανηρημένης διά τήν ένωσιν, σωζομένης δέ μαλλον της ιδιότητος εκατέρας φύσεως, και εις έν πρόσωπον και μίαν υπόστασιν συντρεχούσης, ουκ εις δύο πρόσωπα αεριζόμενον ή διαιρούμενον, αλλένα και τον αυτον υίον μονογενή Θεον λόγου, κύριον Ιησοΰν Χριστόν…”: “Unum eundemque Christum Filium Dominum unigenitum, in duabus naturas inconfusse, immutabiliter, indivise, inseparabiliter agnoscendum, nusquam sublata differentia naturarum propter uniones magisque salva proprietate utriusque naturae, et in unam personam atque subsistentiam concurrente, non in duas personas partitum sive divisum, sed unum et eundem Filium unigenitum Deum Verbum Dominum Iesum Christum…” (Traducción personal del texto. Existe traducción en español: Heinrich Joseph Dominik DENZINGER: El magisterio de la Iglesia: manual de los símbolos, definiciones y declaraciones de la Iglesia en materia de fe y costumbres (versión de Daniel Ruiz Bueno) Barcelona Herder 1959. Empleo la edición de Heinrich DENZINGER - Adolfus SCHÖNMETZER: Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum Barcelona Herder 1967 108 DS 302; aunque coincide en esto con la edición más reciente de Heinrich DENZINGER - Peter HUNERMANN: Enchiridion symbolorum definitionum et declarationum de rebus fidei et morum Barcelona Herder 1999, cuya sigla habría de ser DH, pero que no empleamos para evitar confusiones con la declaración conciliar que la tiene asignada).
[47] Hans Urs VON BALTHASAR: Ensayos teológicos. I. Verbum caro Ediciones Cristiandad (Guadarrama) Madrid 1964 124.
[48] En el lenguaje eclesiástico el asunto fue muy expreso. Cuando el Concilio I de Constantinopla (361) definió el dogma de la Trinidad lo explicó diciendo que en Dios existen “tres Personas” (πρόσωπα), una de ellas, la del Λόγος. Tertuliano tradujo la expresión al latín “personae” (“personas”).
[49] De Persona et Duabus Naturis, ii, iii, in PL LXIV, 1342 sqq. Un breve retrato de este importante autor fue objeto de la audiencia general del miércoles 12 de marzo de 2008 por parte del S. P. BENEDICTO XVI, en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/21820.php?index=21820&lang=sp 
[50] De joven adhirió a la herejía nestoriana, pero luego volvió a la ortodoxia, cuando en el año 519 el emperador de Constantinopla obligó a la Iglesia de Oriente a aceptar las afirmaciones de Nestorio, generando un conflicto entre Roma y Oriente. Leoncio se mostró entonces partidario del Papa y trató de mantener la unidad de la Iglesia. En el año 531 viajó a Bizancio para participar en los debates sobre la controversia calcedónica. Leoncio se declaró entonces a favor del Concilio de Calcedonia. Sus explicaciones tenían en cuenta las afirmaciones de Aristóteles sobre la materia y la forma, cuando sostenía que eran dos en cuanto a la especie y una en cuanto al número. 
“Al precisar los términos define, entre otros, los de "substancia" o "naturaleza" e "hipóstasis" o "persona", cruciales para la cristología. "Substancia" es lo que "es por sí", y es sinónimo de "naturaleza", que significa también la disposición aportada por el nacimiento (la substancia en cuanto principio de operación). Como muchos individuos pueden participar de una misma naturaleza, puede decirse que "naturaleza" significa lo universal en referencia a los individuos, por lo que también puede denominarse "especie".      
Mientras "substancia" o "naturaleza" designa lo universal, "hipóstasis" designa el ser en su existencia particular. Sinónimos de hipóstasis son: "persona", "individuo", "sujeto". Utilizando estos términos pudo afirmar Leoncio que las tres hipóstasis de la Santísima Trinidad no tienen sino una naturaleza y que las dos naturalezas de Jesucristo (la divina y humana) no constituyen sino una hipóstasis. También distingue Leoncio entre "hipóstasis" y "enhipóstasis". La enhipóstasis es una naturaleza que no es una hipóstasis pero que existe en una hipóstasis (p. ej. el cuerpo y el alma humanos: cada uno en sí mismo es una naturaleza pero no una hipóstasis, la hipóstasis es el hombre que tiene ambas naturalezas, ambas enhipóstasis). 
Leoncio afirma que el hombre es cuerpo y alma, y que la unión de estos dos elementos no es natural sino obra de Dios. El cuerpo y el alma tienen, cada uno por su lado, su propia naturaleza. Ambos son perfectos en sí mismos, pero incompletos en referencia al hombre. El cuerpo no es el origen del mal moral del hombre, sino el alma misma cuando enturbia sus facultades y se aleja del amor a Dios. El alma es una substancia incorpórea, automotriz, incorruptible e inmortal, pero no es el hombre. El hombre es el compuesto de cuerpo y alma. 
Distingue dos modos de conocer, uno propio de la inteligencia natural y otro propio de la iluminación divina. La inteligencia natural le ordena al hombre buscar lo principal y lo primero, evitando perderse en la infinidad de los detalles. La iluminación es un don divino. La luz divina ilumina no son voces ni palabras, capacitando al alma para captar verdades que por sí sola no podría alcanzar. La iluminación le permite al hombre elevarse por sobre sus capacidades naturales y acceder a la contemplación de Dios.” En (consulta julio 2006): ACADEMIA DE CIENCIAS LUVENTICUS: art. “Leoncio de Bizancio”, en: http://www.luventicus.org/articulos/04U002/leoncio_de_bizancio.html
[51] Místico, discípulo de Hugo de San Victor. Considera como su maestro que el conocimiento es una escalera, en la que en los peldaños inferiores se situarían la cogitatio y la meditatio, mientras que en el final de la escalera estaría la contemplatio. Acerca de Hugo y de Ricardo de San Víctor, nombre de la abadía parisina fundada en el siglo XII por Guillermo de Champeaux, el Papa BENEDICTO XVI realizó una exposición del pensamiento y obra de estos dos autores el 25 de noviembre de 2009. Puede verse en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/24722.php?index=24722&po_date=25.11.2009&lang=sp
[52] El verdadero equivalente de la hypóstasis no era la substancia sino la subsistencia.
[53] De Trinitate.
[54] Edward Cornelis Florentius SCHILLEBEECKX: Cristo, sacramento del encuentro con Dios Dinor Pamplona 1971 6ª 22.
[55] El denominado “humanismo cristiano” posee, precisamente, estas raíces. El Renacimiento europeo significó la entrada en una fase de la historia porque a partir de él se operó un nuevo giro de las cosmovisiones e ideologías que caracterizaban a esta cultura, más centrado en la persona humana. En ese contexto, san Bernardo de Claraval (1090-1153), doctor de la Iglesia – como afirmó el Card. Tarcisio BERTONE – contribuyó a poner en evidencia “la radice del vero umanesimo cristiano, fondato sulla dignità dell'uomo, che si manifesta nella creazione e nella redenzione”: Carta al Padre Abad D. Simone M. Fioraso, de la Abadía cisterciense de San Bernardo, 9 de noviembre de 2007,  en: http://www.vatican.va/roman_curia/secretariat_state/card-bertone/2007/documents/rc_seg-st_20071109_bernardo-clairvaux_it.html
Insistió en este aspecto, central, como se ve, el Papa BENEDICTO XVI en su encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina, 21 de noviembre de 2009. El discurso se puede ver en: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/24701.php?index=24701&po_date=21.11.2009&lang=sp   
[56] JUAN PABLO II: Discurso a la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, México, domingo 28 de enero de 1979, n. 9e. El Papa BENEDICTO XVI ha reiterado y desarrollado este punto de la “verdad sobre el hombre” considerando el contexto actual, en el que muchísimas veces, paradójicamente, se pretende desvalorizar a las personas ignorando que se trata de una realidad enorme, cognoscible por toda conciencia humana: “Si bien la defensa de los derechos ha hecho grandes progresos en nuestro tiempo, la cultura de hoy, caracterizada, entre otros aspectos, por un individualismo utilitarista y por un economicismo tecnocrático, tiende a quitar valor a la persona. Esta viene a ser concebida como un ser “gaseoso”, sin consistencia permanente. No obstante esté inmerso en una red infinita de relaciones y de comunicaciones, el hombre de hoy aparece con mucha frecuencia, paradójicamente, como un ser aislado, porque es indiferente con respecto a la relación constitutiva de su ser, que es la raíz de todas las otras relaciones, a su relación con Dios. El hombre de hoy es considerado en clave prevalentemente biológica, o como «capital humano», «recurso» y parte de un engranaje productivo y financiero que lo eclipsa.  Si, por una parte, se continúa proclamando la dignidad de la persona, por la otra, nuevas ideologías – como la hedonista y egoísta de los derechos sexuales y reproductivos, o como la de un capitalismo financiero sin regulación que prevarica sobre la política y desestructura la economía real – contribuyen a considerar al trabajador como dependiente y a su trabajo como bienes «menores», y a minar los fundamentos naturales de la sociedad, especialmente la familia. En realidad, el ser humano, constitutivamente trascendente en relación con los otros seres y bienes terrenos, goza de un primado real que lo coloca como responsable de sí mismo y de lo creado. Concretamente, para el Cristianismo, el trabajo es un bien fundamental para el hombre, en vista de su personalización, de su socialización, de la formación de una familia, del aporte al bien común y a la paz. Precisamente por esto, el objetivo del acceso al trabajo para todos es siempre prioritario, aún en los períodos de recesión económica (cfr. Caritas in veritate, 32)”. Este pronunciamiento lo ha hecho al dirigirse a la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo de la Justicia y de la Paz, discurso del 3 de diciembre de 2012, en (consulta de la fecha): http://press.catholica.va/news_services/bulletin/news/30143.php?index=30143&lang=sp (Traducción mía).
[57] Joseph RATZINGER: Jesús de Nazaret, o. c.  p. 26, nt. 54,171-172. El Papa volvió sobre esta materia en su Audiencia general del miércoles de ceniza, 6 de febrero de 2008: http://212.77.1.245/news_services/bulletin/news/21632.php?index=21632&po_date=06.02.2008&lang=sp
[58] El “corazón de piedra” al que se refería Ez 11,19; 36,26-27; cf. Za 7,12; Rm 2,4-5; 2 Co 3,3: “corazón cerrado a la voluntad de Dios y al sufrimiento de los hermanos, el corazón de quien acumula sumas ilimitadas de dinero y queda indiferente ante la desesperación de quien no tiene un vaso de agua para dar al propio hijo; es también el corazón de quien se deja dominar completamente por la pasión impura, dispuesto a matar por ella, o a llevar una doble vida”, como afirmó Raniero CANTALAMESSA, 14 abril 2017. San LEÓN MAGNO decía a este propósito a los fieles en un domingo de la semana santa: “Tiemble la naturaleza humana ante el suplicio del Redentor, rómpanse las rocas de los corazones infieles y salgan los que estaban cerrados en los sepulcros de su mortalidad, levantando la piedra que gravaba sobre ellos”: “Contremiscat in Redemptoris sui supplicio terrena substantia, rumpantur infidelium mentium petrae, et qui mortalitatis gravabantur sepulcris, discussa obstaculorum mole prosiliant” (Sermón 66, 3: PL 54, 366: en: https://books.google.com.co/books?id=9fgQAAAAYAAJ&pg=PA5&hl=es&source=gbs_selected_pages&cad=3#v=onepage&q&f=false). El texto de Cantalamessa al que hacemos referencia y en el que se cita a San León se encuentra en: http://www.news.va/es/news/pasion-del-senor-p-cantalamessa-la-cruz-de-cristo
[59] Al tratar más adelante sobre el pecado, volveremos nuevamente sobre este punto (cf. infra, II,5.a.2, p. 917).
[60] Dignas de especial recuerdo, las Jornadas de la Juventud promovidas por el Papa Juan Pablo II, continuadas por Benedicto XVI, y organizadas por el Pontificio Consejo para los Laicos con la cooperación de los Episcopados de los países respectivos han sido una excelente ocasión para reflexionar con los jóvenes sobre las características “antropológicas”. Inclusive, en lo que ellas poseen de evidentemente religiosas, no escapó al Pontífice, tanto en los mensajes preparatorios, como en los que ofreció con su misma presencia en ellas, siempre les planteó “la búsqueda del verdadero significado de la existencia”, “una sensación de inquietud” que muchísimos jóvenes “experimentaban desde hacía tiempo”. En realidad, esta “búsqueda existencial... es la misma que toda la humanidad, especialmente los jóvenes, continúan haciéndose a través de los siglos”: Renato BOCCARDO: “Presentación” en: PONTIFICIO CONSEJO PARA LOS LAICOS: fascículo “«Maestro, ¿dónde vives? Venid y veréis» VI Fórum Internacional de Jóvenes. XII Jornada Mundial de la Juventud. París, 14-24 de agosto de 1997”: Laicos Hoy. Servicio de Documentación 33 Ciudad del Vaticano 1998 5.
Sobre la situación de los jóvenes en el momento presente, a lo largo de esta investigación doy algunos rasgos. Así mismo, sobre algunas de sus inquietudes y deseos, puede verse el Apéndice 2 (p. 1591), pero sobre todo el Apéndice 4, sección 2ª, al que he titulado “Estudio breve y preliminar sobre la situación y la identidad de nuestros jóvenes colombianos de hoy, sus deseos y sus provocaciones” (p. 1615ss). Tales anotaciones habrían de ser tenidas en cuenta, sin duda, en orden a planear nuestra acción no sólo “para” y “por” los jóvenes universitarios en las Universidades Católicas, sino “con ellos”, como señalamos oportunamente, ya que ellos son verdaderos “partícipes y protagonistas” de su propia formación (cf. p. 34) y nuestros “interlocutores privilegiados” (p. 756).
[61] Un tratamiento valioso de esta problemática, en: Oscar Albeiro ARANGO ALZATE – José Luis MEZA RUEDA: El discernimiento y el proyecto de vida. Dinamismos para la construcción de sentido Ecoe Ed. Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Teología Col. Fe y Universidad 9 Bogotá 2002. Sus capítulos: “La pregunta por el sentido de la vida”, “El proyecto personal de vida”, “El discernimiento”, “El acompañamiento: ser compañero de camino”, “el diálogo clarificador”, “el dinamismo esencial: el seguimiento”, “la utopía en la búsqueda de sentido”.





Notas finales



[i] Es un deber mencionar a uno de los principales “inductores” en la adquisición de esta sensibilidad por parte mía: el P. Gustavo BAENA BUSTAMANTE S. J. Presentamos a continuación una sintética exposición de la perspectiva del P. Gustavo acerca de la voluntad de Dios comprendida como creación de Dios. Este tema, tan querido de Jesús y de toda la tradición creyente judeo-cristiana, como hemos observado desde la cristología, hace referencia a lo que técnicamente se ha denominado la “teología en su momento primero u originario”, que no es, en sentido estricto, una “ciencia” elaborada por el ser humano, sino “la audición de la revelación que Dios hace de Sí mismo, conforme a su libre designio, por medio de su palabra. La teología en su sentido primero y primigenio no es un sistema de proposiciones verdaderas, constituidas por el ser humano, sino la totalidad del hablar divino dirigido por Dios mismo, si bien en lenguaje humano, al hombre. Esta palabra de revelación de Dios, una vez así oída, aprehendida en una unidad primigenia de auditus et intellectus fidei, puede el hombre y debe hacerla objeto de su pensar que interroga, sistematiza y coordina en el completo total del saber humano…Si ahora, desde este acontecer de la revelación de la voluntad de Dios en Israel y en la Iglesia primitiva nos trasladamos al campo actual de una teología históricamente situada, y tomamos como criterio normativo básico el proceder del acto creador continuo como voluntad de Dios y su interpretación y promoción en los dos Testamentos, entonces tendríamos que la tarea de la Teología sigue siendo siempre la audición de la revelación de la voluntad de Dios auto comunicándose: en determinada sociedad con su cultura, o en determinada agrupación humana, o, en fin, en un preciso comportamiento humano. En estos campos, que son objeto de la teología, se da siempre un actuar continuo de Dios creador, desde el interior de los individuos y que constituye la estructura dada de la existencia humana. Sin embargo, esta estructura así interpretada por el hombre al ponerla en acción, por medio de sus operaciones intencionales categoriales, que inevitablemente proceden, o en la misma dirección del acto creador continuo, auto trascendiéndose en ‘los otros’; o bien, encerrándose en el ámbito de su propia finitud y, por lo tanto, moviéndose según la lógica del pecado, la carne y el mundo – según Pablo. Esto quiere decir que es función propia del teólogo conocer esa realidad ‘categorial’ constatable, valiéndose de todas las mediaciones teóricas, a fin de descubrir no sólo los alcances de lo categorial, sino sus motivaciones estructurales profundas. En otras palabras, si la experiencia de lo categorial es reflejo auténtico del acto creador de Dios o su voluntad; o bien, es el reflejo del poder de la finitud que lo encierra en sí mismo, en el ámbito estrecho de su propio límite finito, víctima de su propio juego de intereses. En este proceder inevitablemente ambiguo del ser humano, la tarea del teólogo será diferenciar las motivaciones profundas del comportamiento humano y discernirlas bajo el criterio fundamental de la revelación en su totalidad, a saber, la autotrascendencia del hombre, cada vez más comprometido e incondicional con relación al ‘otro’, o sea, es el proceder categorial histórico y auténtico, y por tanto, reflejo constatable y claro del acto creador continuo o voluntad de Dios... Así, pues, en una real experiencia de Dios lo que se experimenta en forma directa es la percepción, por nuestras facultades humanas, de nuestras propias operaciones categoriales en cuento orientadas en la misma dirección del acto creador continuo, o voluntad de Dios”.
Es por esto que a lo largo de este capítulo, como explica así mismo el P. Baena, tratamos de “leer en la situación actual la revelación de Dios que de hecho está sucediendo, de alguna manera, en una cultura, o sociedad, o comunidad, o individuo, identificándola valiéndose del criterio de la revelación normativa, especialmente de la revelación absoluta, Jesús, él mismo como interpretación categorial de la revelación de Dios, y la interpretación que de él hizo el NT. Como resultado de esta operación, el teólogo percibe hacia donde está guiando el acto creador continuo esa cultura, o sociedad, o comunidad, o individuo. Esta tendencia divina operante, bien diferenciada, es el objeto del conocimiento propio del teólogo, que luego él sistematiza rodeándola de posibilidades, empleando todas las mediaciones humanas que le sean oportunas, de tal manera que pueda realizarse el propósito de Dios por la instrumentalidad de seres humanos… El propósito del acto creador continuo de Dios sólo nos es accesible por los síntomas que esa revelación da en no pocos de los comportamientos de autotrascendencia en función incondicional del ‘otro’, en esta cultura, o sociedad, o comunidad, o individuo… la autotrascendencia incondicional en función del otro es la típica y real experiencia de Dios”.
Los dos textos citados se encuentran en el “suplemento” titulado “El método antropológico trascendental en una teología históricamente situada”, distribuido el 11 de diciembre de 2006 por el P. Baena a propósito del documento: Alberto PARRA S. J. – Gustavo BAENA S. J. – Rodolfo DE ROUX S. J. – Mario PERESSON SDB – Jesús ANDRÉS VELA S. J.: Investigar en Teología Pontificia Universidad Javeriana Facultad de Teología Colección Apuntes de Teología Bogotá 2006.
La pregunta que se suscita, sin embargo, ha planteado diversos intentos de solución. En efecto, sobre este mismo argumento versó el “encuentro” de los profesores del Departamento de Teología con los profesores del Center for Studies of the Process Theology realizado en esta misma Facultad – 7 a 11 de abril de 2008 –, en el cual se destacó el aporte particular que sus miembros, en su proceder teológico, habían recibido de Alfred N. Whitehead (1861-1947), especialmente de sus obras “metafísicas” o de su último período: La ciencia y el mundo moderno (1925), Proceso y realidad (1929), El devenir de la religión (1926), Simbolismo (1927), La función de la razón (1929), Aventura de las ideas (1933), Modos del pensamiento (1938), Ciencia y filosofía (1947). Se debe recordar que Whitehead, en su primera época, junto con Bertrand Rusell, intentó la fundamentación de todas las ciencias en el cálculo lógico – Principia Mathematica (tres vols., 1910-13) –. En un segundo período, elaboró Whitehead una revisión crítica del pensamiento positivo, especialmente a partir de D. Hume y de I. Newton, para insistir en la importancia del “mundo material” en su noción clásica, tan cercana, en su opinión, al principio de la relatividad de A. Einstein. “En Proceso y realidad explica su metafísica procesual no como pura ciencia o descripción objetiva, sino como cosmología metafísica siempre referida a un sujeto, testigo privilegiado del proceso fluente de la realidad. Es ya lo que él llamó “filosofía orgánica” (“philosophy of organism”)”. El problema, dentro de esta perspectiva, se pregunta si Dios es sólo “causa primera” de cuanto existe, o si, por el contrario (también) con las “causas segundas”. Cf. (consulta abril 2008): Guillermo ARMENGOL: “La filosofía y teología del proceso, en el corazón del diálogo ciencia-religión. Las ideas de Whitehead entraron en colisión con la ortodoxia católica y protestante”, en: http://www.tendencias21.net/La-filosofia-y-teologia-del-proceso,-en-el-corazon-del-dialogo-ciencia-religion_a1317.html
[ii] Gustavo BAENA BUSTAMANTE, S. J.: “La antropología subyacente en la universidad jesuítica”, en Orientaciones Universitarias 21 septiembre de 1998 47-67, aquí 66.
Haciendo memoria de los orígenes de la dedicación de la Compañía de Jesús a los apostolados vinculados con la educación universitaria, el M. R. Padre General, ADOLFO NICOLÁS, S. J., daba cuatro razones de por qué interesaba atenderla: las tres primeras de ellas, válidas en principio, igualmente, para toda universidad, católica o no, quedaban “modificadas”, sin embargo, por la cuarta, una razón fundamental y específica, muy coherente, por cierto, con el propósito y con el texto de los Ejercicios ignacianos. Consideremos algunos apartes del texto:
“En este sentido, Diego de Ledesma, profesor jesuita y rector del Colegio Romano (hoy Universidad Gregoriana de Roma), aducía en el siglo XVI cuatro razones para que los jesuitas trabajaran en instituciones educativas: «Lo primero, porque proveen a la gente con muchas ventajas para la vida práctica; en segundo lugar, porque contribuyen al correcto gobierno de asuntos públicos y a la apropiada formulación de leyes; en tercer lugar, porque dan decoro, esplendor y perfección a nuestra naturaleza racional; y en cuarto lugar, que es de suma importancia, porque son la defensa de la religión y nos guían con gran seguridad y facilidad en la consecución de nuestro fin último». Estas cuatro razones han sido interpretadas y desarrolladas por mi predecesor, el P. Kolvenbach, como cuatro finalidades últimas de la educación de los jesuitas. En forma condensada, el P. Kolvenbach las nombraba por sus nombres latinos: la “utilitas”, la “iustitia”, la “humanitas” y la “fides”: utilidad, justicia, humanidad y fe. […] La última dimensión del espíritu según la caracterización del jesuita Diego de Ledesma es la “fides”. Resulta especialmente delicado hablar de la “fides”, de la fe. Es delicado porque, en la actualidad, en ESADE y en la mayoría de las Universidades que están vinculadas a los jesuitas, una parte significativa del personal no docente y del profesorado no comparte plenamente nuestra fe. Puede parecer que hablar de la fe es hablar, otra vez, de lo que separa y divide. Y sin embargo, creo que es necesario hablar de la fe. Porque los jesuitas somos creyentes y queremos poner las cartas sobre la mesa: decir claramente por qué sentimos como propia la misión que nos une a todos; y expresar también lo que, con una gran modestia, nos parece podemos aportar desde nuestra experiencia. Además, hablar de la fe se hace difícil porque, en este mundo donde caen las fronteras políticas, las religiones se convierten a veces en excusa para construir nuevas fronteras, para encerrarse en el miedo y para excluir a los diferentes. La fe es una vivencia difícil de formular; y a la que quiero referirme «con temor y temblor» porque otras formulaciones de esta vivencia generan de hecho inhumanidad y violencia. Los jesuitas hemos escuchado la Buena Noticia que Jesús anunció: Dios está cerca de todo hombre y de toda mujer. Y cuando las personas se abren a esta cercanía amorosa, salen de sí mismas y miran a los demás y al mundo «de otra manera»: como hermanos y hermanas de todos, como creación de Dios. Nuestro Dios no es un dios guerrero, intransigente ni excluyente. Es, según dicen las parábolas de Jesús, como un padre que festeja alegremente la vuelta de su hijo, como un buen samaritano que ayuda concretamente a las víctimas de la violencia humana por los caminos del mundo.
No creemos que nuestra fe nos haga mejores que los demás. Porque creemos y experimentamos que somos débiles y frágiles. Y mis compañeros jesuitas de ESADE os muestran diariamente su debilidad y fragilidad. Sin embargo, la nuestra es una vivencia de gratuidad: lo mejor de lo que somos lo hemos recibido. Y sentimos que la fe nos ha ayudado a «crecer en humanidad». Porque nos da confianza en que todo ser humano lleva en sí una potencialidad que le trasciende y que siempre puede desarrollarse y crecer. La fe nos hace salir de nosotros mismos y nos ayuda a amar desinteresadamente… asumiendo pacientemente nuestros límites. Y por esto la fe nos invita a superar los miedos que son inherentes a nuestra condición humana: el miedo, al dolor, a la enfermedad, a la inseguridad, a la pobreza, a la soledad. Este espíritu de fe nos impulsa a desarrollar paciente y apasionadamente la utilitas, la iustitia y la humanitas. La utilitas es también servicio a la Creación continua del mundo. La iustitia es acoger lo que Jesús llamaba “el Reinado de Dios”: la llamada a transformar el mundo en pos de la solidaridad y la reconciliación. La humanitas es creer profundamente en el amor de Dios al ser humano y en sus capacidades de trascendencia. Por esto los jesuitas estamos a gusto trabajando codo a codo con personas que comparten la pasión por la utilitas, la iustitia y la humanitas, aunque no compartan nuestra fe. Escuchamos la voz de Jesús que decía que cuando está en juego el bien de la humanidad «el que no está contra vosotros, está de vuestra parte» (Lc. 9,51). Porque el criterio de autenticidad de nuestra fe es el trabajo por el bien de los seres humanos. Creemos que juntos podemos trabajar el «espíritu humano». Esto significa trabajar nuestra capacidad de amar. Nuestra libertad profunda. La calidad de nuestras relaciones. Trabajar para que las personas, los colectivos y las sociedades sean más sensibles y maduros, más justos y solidarios.” M. R. Padre General, ADOLFO NICOLÁS, S. J., Superior General de la Compañía de Jesús: Conferencia “Misión y Universidad: ¿Qué futuro queremos?”, en ESADE, Barcelona, 12 de noviembre de 2008, en (consulta en noviembre 2008):  http://www.jesuitas.es/media/Archivos/Pdf/ESADENICOLAS.pdf
A esta idea jesuítica de trabajar por la “transformación del mundo”, es decir, en la línea de la “justicia”, se asoció la iniciativa del padre Ricardo LOMBARDI SJ (1908-1979) quien, terminada la II Guerra Mundial, fundó el “Movimiento por un mundo mejor” para llamar a la acción a todos los fieles cristianos, especialmente a los laicos que tenían responsabilidades en la dirección de la sociedad. Tarea que fue acogida y potenciada por el Papa Pio XII en su radiomensaje a los fieles de Roma el 10 de febrero de 1952 (pp. 158-162 en: http://www.vatican.va/archive/aas/documents/AAS-44-1952-ocr.pdf). 
Ella se ubica en línea, igualmente, con la iniciativa enunciada de manera excelente, en perspectiva de consigna final, por quien fuera el fundador de los Boy Scouts, Sir Robert BADEN-POWELL (1857-1941) - formado, en cierto modo, en algunas de las tradiciones de los monjes cartujos -“Try and leave this world a little better than you found it, and when your turn comes to die, you can die happy in feeling that at any rate, you have not wasted your time but have done your best”: “Trata de dejar este mundo un poco mejor de como lo encontraste, y cuando te llegue la hora de morir, podrás hacerlo feliz al sentir que, en todo caso, no has perdido el tiempo sino que has hecho lo mejor", en: 
https://www.brainyquote.com/quotes/authors/r/robert_badenpowell.html (cursiva y traducción mía).
Esta misma idea ha quedado vocacionalmente plasmada en relación con la "antropología" (como hoy se dice: "su ADN") sobre la que se soportan los valores en que forman las Universidades católicas, como lo expresó el Foro de la Facultad de Psicología en palabras del Dr. Arnoldo Aristizábal, su Decano (cf.  cap. V, III.2.e, p. 1141ss).  
[iii] Además de su primera encíclica Redemptor hominis del 4 de marzo de 1979, toda ella dedicada a las relaciones entre cristología, soteriología y antropología (en especial el capítulo 3°, nn. 13-17), son innumerables las referencias al tema “antropológico” en sus  densos años de pontificado. Sólo quiero destacar de entre su Magisterio otros tres momentos principales: el primero, la amplia discusión en seis ciclos de “Audiencias” – las célebres catequesis de los miércoles – sobre el tema del “cuerpo”, el “matrimonio” y la “familia”, a partir del 5 de septiembre de 1979 en perspectiva de "antropología cristiana". Fueron 6 ciclos con las siguientes temáticas: 1) "El principio" (I-XXIII); 2) "La redención del corazón" (XXIV-LXIII); 3) "La resurrección de la carne" (LXIV-LXXII); 4) "La virginidad cristiana" (LXXIII- LXXXVI); 5) "El matrimonio cristiano" (LXXXVII-CXVII); y 6) "Amor y fecundidad" (CXVIII-CXXXIII).
El segundo, el célebre discurso en la inauguración de la III Conferencia General de los Obispos en Puebla: Esta hora, 28 de enero 1979, en el cual dedica la tercera parte a la “Verdad sobre el hombre” (n. 9), en donde afirma: “La Verdad que debemos al hombre es, ante todo, una verdad sobre el mismo. Como testigos de Jesucristo somos heraldos, portavoces, siervos de esta verdad que no podemos reducir a los principios de un sistema filosófico o a pura actividad política; que no podemos olvidar ni traicionar.”
Y el tercero, la también célebre serie de discursos a los Oficiales de la Rota Romana sobre el tema de la “antropología cristiana” que comenzó el 5 de febrero de 1987 (LOR 6 febraio 1987 5) y que continuó, p. e., en la del 22 de enero de 1996: se trata de una “antropología articulada, es decir, a una concepción del hombre derivada del progreso de las ciencias humanas, iluminadas por una visión filosófica y teológica clara y auténticamente fundada. Así vuestra delicadísima función judicial se sitúa y, en cierto modo, se inserta en el esfuerzo varias veces secular mediante el cual la Iglesia, encontrándose con las culturas de todo tiempo y lugar, ha asumido cuanto ha encontrado de esencialmente válido y congruente con las inmutables exigencias de la dignidad del hombre, hecho a imagen de Dios” (nn. 6-7): “articolata antropologia, ossia ad una concezione dell’uomo derivante dal progredire delle scienze umanistiche, illuminate da una visione filosofica e teologica chiara ed autenticamente fondata. Così la vostra delicatissima funzione giudiziaria si situa e, in qualche modo, si incanala nello sforzo secolare con cui la Chiesa, incontrandosi con le culture di ogni tempo e luogo, ha assunto quanto ha trovato di essenzialmente valido e congruente con le immutabili esigenze della dignità dell’uomo, fatto a immagine di Dio” (nn. 6-7): en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1996/documents/hf_jp-ii_spe_19960122_roman-rota_it.html
[iv] En la producción sobre “antropología”, en nuestro ámbito, encontramos la que podemos denominar “antropología teológica”, entendida como uno de los “tratados sistemáticos de la teología”, que acude a los textos de la Sagrada Escritura, de la Tradición, del Magisterio y de los teólogos buscando la doctrina de la revelación sobre el ser humano y sistematizarla. En los últimos términos se ha hablado, más bien, de “antropología cristiana” por el desplazamiento del interés por los temas y los enfoques con los que ellos son tratados, tratando de descubrir, en clave de revelación, el querer de Dios sobre el ser y el obrar humano. Como se puede observar, no puede existir una neta distinción entre ellas. El Papa Juan Pablo II (cit. nt. anterior), optó por referirse a ésta segunda. Entre la más reciente y a la mano, también en esa línea de la “Teología de la Biblia” más que de una “teología bíblica” – en términos académicos – pueden consultarse: Gustavo BAENA B. S. J.: “La percepción de la dimensión del hombre en el Antiguo Testamento” en ThX 33/3-4 jul-sep 1983 243-260; Gustavo BAENA B. S. J.: “Antropología cristiana y sexualidad”, en Revista Javeriana 122/604 may 1994 246-262; Juan DE SAHAGÚN LUCAS: El hombre: ¿quién es? Antropología cristiana Sociedades de Educación Atenas Madrid 1988.
Presento un sencillo elenco de obras que, en mi concepto, recogen lo que entiendo por “antropología teológica” y su desarrollo. Están ordenadas desde las primeras hasta las últimas, y según cierta agrupación por temas que no busca ser concluyente. Debo destacar el aporte de los teólogos Flick y Alszeghy quienes, en su época, dieron una renovación fundamental a los tratados clásicos “de Deo creante et elevante”, y, en especial, al “de natura et gratia”.
1. Dimensión: Creación: Zoltan ALSZEGHY S. J - Maurizio FLICK S. J.:El pecado original en una perspectiva personalista” en: Selecciones de Teología 6/21 Ene.- Mar. 1967 45-54; Maurizio FLICK S. J.: Antropología teológica Sígueme Salamanca 1971; Juan Luis RUIZ DE LA PEÑA: El hombre y su muerte. Antropología teológica actual Aldecoa Burgos 1971; id: Imagen de Dios: antropología teológica fundamental Sal Terrae Santander, 1988 3ª; Mercedes NAVARRO: Barro y Aliento: Exégesis y antropología teológica de Génesis 2-3 Paulinas Madrid 1993; Raúl BERZOSA: Como era en el principio: temas clave de antropología teológica San Pablo Madrid 1996; Iván F. MEJÍA ÁLVAREZ: La aventura humana, o. c., p. 90, nt. 214.
a. Relaciones especiales entre creación/pecado original/evolución:
Zoltan ALSZEGHY, S. J.- Maurizio FLICK, S. J.: “El pecado original y el evolucionismo” en: Selecciones de Teología 6/23 Jul.- Sep. 1967 217-225.
2. Dimensión: gracia y fe:  Zoltan ALSZEGHY,: Nova creatura: la nozione della grazia nei commentari medievale di S. Paolo  Universitatis Gregorianae Romae 1956; Maurizio FLICK, , S. J. - Zoltan ALSZEGHY,: Il vangelo della grazia: un trattato dogmatico  Libreria Editrice Fiorentina Roma 1964 (tr. Española: El evangelio de la gracia Sígueme Salamanca 1965); Leslie DEWART: Los fundamentos de la fe: la fe en la perspectiva crítica de la antropología teológica Laia Barcelona 1969; Juan Luis RUIZ DE LA PEÑA: El don de Dios: antropología teológica especial Sal Terrae Santander 1991 2ª; Luis F. LADARIA S. J.: Teología del pecado original y de la gracia: antropología teológica especial B.A.C. Madrid 2001 3ª.
3. Tratados generales: Maurizio FLICK, , S. J. - Zoltan ALSZEGHY S. J.,: El hombre en la teología Paulinas Madrid 1971; Miguel BENZO MESTRE,: Hombre profano, hombre sagrado: tratado de antropología teológica Cristiandad Madrid 1978; Luis Ignacio SIERRA GUTIÉRREZ,: El pueblo de los pobres construye su historia de liberación: una perspectiva hermenéutica de la antropología teológica de Leonardo Boff  Université Catholique de Louvain Louvain la Neuve 1992;  Gianni COLZANI,: Antropología teológica  Secretariado Trinitario Salamanca 1997; Virgilio ZEA GONZALEZ, , S.J.: El hombre y Dios Santa Fe de Pontificia Universidad Javeriana Bogotá 1998:  V. 1. “¿Pregunta sin respuesta? Introducción a la antropología teológica”; V. 2. “Responsabilidad compartida. Introducción a la antropología teológica”; Alejandro MARTÍNEZ SIERRA, S.J.: Antropología teológica fundamental BAC Madrid 2002.
4. Cristología y Antropología: Giorgio GOZZELINO: Vocazione e destino dell'uomo in Cristo: Saggio di antropologia teologica fondamentale (Protologia) Elle Di Ci Torino 1985; Martín GELABERT BALLESTER, O. P.: Jesús, revelación del misterio del hombre: ensayo de antropología teológica San Esteban Salamanca 1997; José Miguel GONZÁLEZ MARTÍN: Jesucristo y el hombre en la antropología teológica posconciliar de ámbito italiano y español Pontificia Universitas Gregoriana Roma 2000.
5. Antropología teológica y Moral: Alberto MÚNERA DUQUE, S.J.: “La moral como antropología teológica” en: ThX 33/3-4 Jul.-Sep.1983 305-332; Wolfhart PANNENBERG: Antropología en perspectiva teológica. Implicaciones religiosas de la teoría antropológica Sígueme Salamanca 1993; María Isabel GIL ESPINOSA: Aportes de la antropología teológica al debate bioético [Recurso electrónico] Director Mario Gutiérrez Jaramillo, S.J. CD Tesis de Maestría. 233.5 G45A Datos electrónicos (1,3 MB) Pontificia Universidad Javeriana Bogotá 2002. En su trabajo de grado, manifiesta la apreciada colega que tal vez no es propiamente una “antropología teológica” la que permite “abrir el diálogo para que sea una palabra con sentido para el mundo científico y en concreto para la reflexión bioética”, sino, más bien, “una teología de corte bíblico-antropológico, es decir, desde el concepto de ser humano que nos presenta la Biblia; esta cosmovisión debe proceder tanto del Antiguo Testamento, de la Revelación cristiana como de la Gaudium et Spes” (p. 5). El esquema general de su trabajo es el siguiente: Introducción; 1. Debate bioético; 2. Perspectiva antropofilosófica; 3. Perspectiva antropoteológica; 4. Aportes de la antropología teológica al debate bioético: 1) Contextualización; 2) Postura del Magisterio; 3) Teología, Bioética y Ciencia: roles, dimensiones, problemas, interacción y diferencias; 4) Contribuciones de la antropología teológica al debate bioético; Conclusiones. 
6. Temas especiales en la relación antropología y moral:
a. Progreso y desarrollo: Zoltan ALSZEGHY, S. J. et al.: Theology meets progress: human implications of development   Gregorian University Press Roma 1971.
b. Esperanza: Mario GUTIÉRREZ JARAMILLO, S. J.: “El hombre en la dinámica liberadora de la esperanza cristiana” en: ThX 33/3-4 jul-sep 1983 333-354.
c. Fraternidad y Solidaridad: José Ignacio GONZÁLEZ FÁUS, S. J.: Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre Sal Terrae Santander 1991.
[v] Se trata, sin duda, de una característica típicamente humana, que, en el sentir del Papa Juan Pablo II, se expresa original y elocuentemente en las mujeres. Las descripciones actuales de la situación de las mujeres no dejan de evidenciar las “ideologías” que las subyacen, y, en particular, el eclipse de esta “lógica”. La profesora Dra. MARY ANN GLENDON, de la Universidad de Harvard y Presidente de la Delegación de la Santa Sede a la IV Conferencia mundial sobre la Mujer, organizada por la ONU en Pekín, lo exteriorizó puntual y críticamente con ocasión del Encuentro señalado: “Las mujeres frente a opciones fundamentales: dificultades, desafíos y perspectivas en la cultura contemporánea” (29-44). Muy significativa, no sólo en este contexto, sino en el de nuestra tesis, el siguiente párrafo conclusivo de su exposición: “Quizás nunca desde el inicio de la era cristiana se ha dado a las mujeres y a los laicos tanta responsabilidad como en este ‘nuevo Adviento’. Nunca antes habían estado las mujeres ante problemas tan complicados. Para prepararnos a lo que nos espera, querría concluir con un pensamiento del filósofo jesuita Bernard Lonergan. Ha significado tanto para mí que en el curso de los años, me he tomado la libertad de adornarlo un poco más. En tiempos de cambios culturales, según Lonergan, «es inevitable que se cree una derecha fuerte y decidida a vivir en un mundo que ya no existe. Es inevitable que se cree una izquierda dispersa, atraída ya sea por esta que por aquella novedad. Pero lo que de verdad contará, será un centro, quizás no muy numeroso (hombres y mujeres prudentes) que se encuentre a gusto tanto en el antiguo como en el nuevo, (dotados de la imaginación necesaria para reconocer las posibilidades existentes en la situación actual), y que se tome la molestia de hacer los cambios que se deben hacer» (Dimensions of Meaning, en: F. E. CROWE (ed.): Collection: Papers by Bernard Lonergan Herder and Herder London New York 1967 252 y 267)”: Cf. PONTIFICIO CONSEJO PARA LOS LAICOS: fascículo “La lógica de la entrega sincera. Encuentro internacional ‘Mujeres’. Roma, 6-8 diciembre de 1996”, en: Laicos Hoy. Revista 40 Ciudad del Vaticano 1997 44. Recordamos a la Profesora Glendon por su visita a Bogotá en 2005.

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